Al hacer un balance del trabajo, de la mirada puesta en la escena durante este año dos mil ocho, y dejar sentado que la labor crítica –reflexión atenta– para quitarle esa carga negativa que tiene el término, es un ejercicio personal, resulta imposible deslindarlo de eso que llamamos ética.
Sin embargo, no hay cómo olvidar el vocablo, crítico; si todas, todos lo fuéramos permanentemente, quizá la dinámica cotidiana sería diferente, complicada pero distinta. Dejaríamos por ejemplo de ser sujetos pasivos frente al discurso oficial, a las actuaciones políticamente correctas, al discurso de los medios, etc. Me parece que en estos tiempos de cambio o de anunciado cambio, es cuando más aguzadores tenemos la obligación de ser, por tanto, éticos; acogiéndonos a aquello que señala Ferreter Mora: “la ética como doctrina de las costumbres”, pero también al concepto aristotélico, esa práctica encaminada a un fin, así como a aquellas virtudes que el filósofo denomina dianoéticas, virtudes propiamente intelectuales: sabiduría y prudencia. Cuánto hay que recorrer para encontrarse con estos términos, probablemente la vida no nos alcance, de modo que esto es también un anhelo que no podemos perder de vista.
El teatro es un hecho social, o debería serlo. Es una creación, por tanto una interpretación del modelo de sociedad que nos conforma. Ocurre lo mismo con la danza quizá de manera menos explícita en algunos casos, por la abstracción y simbolización que la danza contemporánea abarca. De todas formas, quienes están del lado de la creación y aquellos que estamos en la butaca, tenemos obligaciones similares, responsabilidad frente a un espectador y lector. Por ello, y acentuando siempre, que aunque pretendidamente objetiva, la crítica es también un ejercicio atravesado por la subjetividad, gracias a lo humano. Nos exigimos y lo hacemos a la contraparte, a través de nuestra lectura, por cumplir con aquello que implícitamente exige el oficio. Cierto que detrás de cada creación está alguien con nombre y apellido, pero las lecturas no caen en el ámbito personal, sino exclusivamente en la obra, en los personajes expuestos al público.
Y, he aquí otra palabra clave: público, respetable, sentencioso, pero no necesariamente crítico, por muy diversas razones, pero sobre todo por la falta de tradición teatral. No somos parte de una sociedad que haya crecido con el teatro, sí individuos marcados e invadidos por modelos y referentes vaciados de sentido desde la televisión y ¡los políticos! Entonces, eso que a veces anima a los actores, “un público que aplaudió a rabiar”, puede ser engañoso, no el aplauso sino el beneplácito de los artistas. Esto no quiere decir que no respetemos a ese público, pero quizá parte de nuestra labor y la de sus creadores es ofrecer arte y no simulacro. Parte de este objetivo debería ser transformar al público en “espectador”, entendido por los teóricos como un individuo portador de códigos ideológicos y psicológicos de grupos diversos; mientras que el público constituye generalmente un cuerpo que reacciona en masa. Invito una vez más a recibir este trabajo como lo que es, un compromiso con el arte escénico, decidido a preservarlo, registrarlo y por supuesto, a analizarlo. Estamos en el camino, hemos cumplido un primer objetivo, la tarea es amplia, hay todo un camino por recorrer en la investigación y la teoría. Empecemos este dos mil nueve con brío y optimismo. Disfruten ustedes y sean críticos con esta edición.
Genoveva Mora Toral