Innumerables manifestaciones artísticas, unas por encargo y otras por iniciativa propia, muchas de ellas construidas a partir de la nostalgia, la mediocridad, también desde la sagacidad, han colmado los teatros, plazas, parques y diversos espacios de la ciudad. Discursos de celebración, unos menos lúcidos, otros moderadamente patrióticos, sin faltar aquellos repletos de inexactitudes históricas, en fin, de todo como en bicentenario. La amplia gama de propuestas colorearon la fiesta: globos, luces, pantallas, folclor, musicales patrióticos, bella durmiente incluida. Lo que sí se echó de menos fue una reflexión profunda sobre qué mismo significan estos doscientos años de vida republicana. Siempre es momento para hacerlo, para releer la historia desde el arte y dar una mirada al presente, ubicarla en estos tiempos de cambio, ojala de bienestar para los actores culturales. Tiempo para tomar un respiro y cuestionarnos, ¿celebrar? la tan esperada Ley de Cultura y hasta el cierre de estas páginas, en supuesta y fervorosa discusión.
Leyes deseadas y anhelamos, acordes con la realidad de los protagonistas culturales. Pues precisamente en el evento Diálogos con la Danza, además de hablar de lo técnico, conceptual, topamos en algún momento el tema de la precariedad, de la falta de protección social en la que viven directores, coreógrafos, actores, bailarines o escenógrafos, ecuatorianos (con sus respectivos femeninos). Cómo es posible que gente que estudia tantos años, no sea considerada un verdadero profesional, y pueda aspirar a un salario decente. ¿Es que los artistas y creadores no pasan de tener una ocupación, en una sociedad sin espacios para el arte como profesión?
Es pertinente cuestionarse si en lugar de tanto premio, que por cierto y a pesar de los errores iniciales, han sido bienvenidos en una primera etapa, como especie de compensación a tanto abandono; se insista en políticas de largo plazo, en instancias que no den lugar a triquiñuelas por hacerse de pedacitos de poder en determinados gremios y construir una verdadera institución, autónoma, donde se planifique y produzca, se dé cauce a partir de las propuestas realizadas por los distintos actores culturales de todo el país. Debemos acordar que esto no es responsabilidad exclusiva del Estado, que quienes están en posición de educadores, claro si la nueva Ley de Universidades lo permite, deberían impulsar, desde la renovación de programas de estudio, carreras afines que completen ese incompleto círculo y se consiga una producción profesional que evite a los artistas mal fungir de tales, como hasta ahora viene ocurriendo.
Por último, es necesario hablar de la tan cuestionada, necesitada, rechazada y siempre esperada crítica. Me pregunto ¿por qué el oficio de la crítica tiene con frecuencia más respuestas prosaicas o viscerales, en lugar de plantear un debate? La razón bien podría ser que la crítica sea muy mala y no dé oportunidad para ello, pero lo que ocurre generalmente es que, quienes están en desacuerdo, abogan por el anonimato. Lo que sí nunca ha ocurrido es que se incomoden por un crítica positiva, ahí sí no importa el nivel, ni el autor, porque vale para el curriculum y punto.
Históricamente la crítica ha sufrido y sobrevivido al desprecio, pero al mismo tiempo al reconocimiento, porque no hay estudio o investigación que deje de recurrir a ella. Ni por un momento creemos tener la última palabra. Además, toda crítica nos recuerda lo complicado de un oficio al que nadie nos ha obligado ni pedido. Las opiniones de lectores y actores nos recuerdan que nuestra obligación es ir tras la huella, anotaciones, procesos y contextos. Estamos comprometidos, una vez más, con la tarea elegida.
Disfruten pues la lectura de los eventos registrados en este edición cuarenta y uno de la revista.
Genoveva Mora Toral
Septiembre de 2009