Revista | El Apuntador Nº40

Pablo Cozzaglio

Seres amorfos | Ernesto Ortiz

Incompletos y terrenos

Cuando en julio de 2008, Tamia Guayasamín estrenó su obra Sin, dentro del I Encuentro Internacional Laboratorio – Esfera Quito, la sensación más inmediata con la que dejé el teatro fue la de que ésta era una obra en ciernes. En ciernes no solo desde su propuesta de movimiento, sino desde -y mucho más importantemente- la propuesta estética y el discurso que implicaba la misma.
  En ese primer esbozo de lo que en abril de este año, Tamia re estrenó como En el principio, la idea o más bien dicho, la ilusión de que Sin era un umbral, o una antesala a algo que se insinuaba extraño, bizarro, misterioso y, talvez, mágico; me mantuvo expectante y curioso del resultado que tendría la coreógrafa, una vez desarrollado el incipiente pero prometedor primer borrador.
  Sin, que se conformaba de imágenes contundentes e intensas, presentaba cuerpos amorfos y sugestivos que podían referir una animalidad latente y arcaica: una especie de comunidad celular que es observada a través de una potente lente, para maravillar al ojo espectador.
  Tras esa lente, se ofrecía una visión sesgada y, por ello mismo, interesante, de lo que aquellos cuerpos insinuados, aquella extraña comunidad de seres, podría talvez devenir eventualmente. Tras esa lente, esos seres incompletos y enérgicos no buscaban cumplir con un canon de belleza (como ya lo dije en aquel tiempo), sino que sugerían una forma no convencional de componer un cuerpo, de construir un discurso sobre la percepción del ojo sobre ese cuerpo.
  Insisto en que se "sugería" una forma, porque la pieza apenas permitía esa sugerencia, esa insinuación. Y en esa misma sugerencia yacía una promesa de discurso y de, talvez, estética.
  Aproximadamente ocho meses después, En el principio se estrena en Quito, y Tamia Guayasamín es galardonada en el Sistema Nacional de Premios, del Ministerio de Cultura, por su postulación con esta obra.
  En esta nueva propuesta de lo que empezó a explorarse en Sin, Guayasamín apuesta a una reestructuración del hecho escénico sin alejarse mucho de la primera experiencia. El interesante trabajo de cuerpos que se construyen, que despiertan o que nacen a una nueva forma de existencia, se repite dividido en varias primeras escenas que, composicionalmente, no ofrecen un salto cualitativo con respecto a la primera propuesta: las escenas se suceden lógica y previsiblemente unas a otras, generando en el espectador una curiosidad intensa por ver la transformación de esos cuerpos. Y es aquí justamente donde la pieza empieza a perder misterio y atractivo; cuando el espectador es conducido sin derecho a dudas, por una secuencia lógica y predeterminada por el coreógrafo de lo que estos cuerpos suponen ejecutar.
  En esta construcción rotunda del mundo que propone Guayasamín, las referencias a lo primigenio son claras. Claras y obvias en el vestuario, en la iluminación, en la banda sonora y su instrumentación, y en la propuesta de movimiento. Tan claras y obvias que redundan y reafirman constantemente, dejando sin espacio de duda o de otra interpretación al espectador.
  Cuando esta pequeña comunidad de seres amorfos, incompletos y completamente terrenos, se yerguen trabajosamente sobre sí mismos y adquieren una verticalidad de homo-sapiens, de ser no animal, empieza indudablemente la segunda parte de la obra, y el espectador es definitivamente conducido a ella.
  Cortas y rápidas escenas transcurren entonces ante el público, y esos cuerpos que construyeron lentamente su verticalidad, su no animalidad, devienen grandes, completos, eficientes y vitales. Devienen completos en un instante, y sin mayores dificultades. Y aquí vuelve la pieza a perder misterio y atractivo.
  Digo que vuelve a perder atractivo y misterio, porque en la consecuente composición, las escenas, ritmos e imágenes de la obra se tropiezan e interrumpen unos a otras, sin mayor cuidado y sin mayor elaboración. Así pues, estos cuerpos adquieren un sentido instantáneo de humanidad que, se contrapone no muy lógicamente con el resto de la propuesta.
  No implico con esto que toda propuesta escénica se deba siempre a la misma lógica y a los mismos ritmos, pues las libertades que se adjudique el creador son suyas e ilimitadas; pero es precisamente esta libertad, o este sentido de libertad, lo que impone una gran responsabilidad y disciplina a la hora de construir una propuesta escénica.
  Compuestos entonces los nuevos cuerpos, asumida esta transformación (tema sobre el cual la obra versa, según palabras de la coreógrafa), de una manera casi inadvertida, la obra llega a su fin, en menos tiempo del que uno hubiera necesitado para asimilar tal transformación.
  En el principio resulta así el segundo borrador sobre el que Tamia intenta elaborar un discurso personal sobre un tema que le atañe particularmente: la transformación. Pero, ¿Qué es la transformación? ¿Es una forma de llegar a la escena? ¿Es una ley universal? ¿Una constante de todo lo vivo y lo no vivo? ¿Un pretexto simple para empezar a trabajar escénicamente?
  Entonces surgen irremediablemente las preguntas: ¿Cuáles son los intereses de un joven creador o creadora? ¿Con qué dificultades se enfrenta al decidir una temática y plantear un discurso? ¿Hasta qué punto un tema puede ser reformulado y reestructurado? ¿Cuál es la necesidad o la importancia de un tema particular en la escena local? ¿Es cierto que todo es posible en la escena?
  El solo hecho del planteamiento de tales cuestiones devela la gran necesidad de reflexión que las artes escénicas ecuatorianas tienen. Y es precisamente en la formulación de las preguntas y en el planteamiento de las dudas en donde radica la esencia del hecho artístico como tal: toda seguridad y toda verdad inamovible implican la muerte del arte como tal, y el surgimiento de un método seguro es solo el de una artesanía.
  Con En el principio, y según conversaciones con la coreógrafa, se buscaban cuerpos liberados que pudieran generar un movimiento propio de la obra, sin dejar de ser ellos mismos. Se propusieron cuerpos semi desnudos que implicaran simpleza, para que cada espectador "le ponga lo suyo y use su imaginación". Estas fueron las necesidades y las propuestas en el trabajo de Guayasamín. Pero no fue sino exactamente lo contrario lo que, como espectador, seguidor de la obra y coreógrafo, encontré en el resultado final.
  Encontré un discurso sin opción a una reinterpretación y una obra perfectamente diseñada para contar una historia, o para demostrar una secuencia vivencial específica.
  Sin embargo, ¿es esto suficiente argumento para descalificar la calidad de En el principio? Absolutamente no. Creo firmemente que el trabajo y la investigación que implicaron la elaboración de esta pieza son altamente reconocibles y destacables. Hay en la coreógrafa una manera metódica de labor y una planificación de elementos e ideas que le garantizan un nivel de calidad específico y que le permitirán construir discursos escénicos, con criterio y responsabilidad.
  Pero, otra vez la duda me asalta: ¿son este método y esta disciplina suficientes para crear una obra artística? ¿Existe un camino seguro según el cual alguien deviene en artista? Absolutamente no.
La construcción del arte implica muchas cosas más. Y cuando se descubren las infinitas posibilidades, interpretaciones y visiones que un hecho escénico puede generar, tanto para el creador como para el espectador, en ese diálogo y en esas negociaciones que suponen el ver una obra, es cuando puede hablarse de arte como tal. Y por supuesto, es cuando las preguntas se vuelven a reformular.
  "Sin de Tamia Guayasamín es una búsqueda por una estética individual. Individual, en el sentido que los cuerpos que interpretan no buscan cumplir un canon de belleza. Son cuerpos incompletos y enérgicos que rozan los límites de lo amorfo".
  Sin embargo, solo lo rozan. Lo insinúan. Llegar a componer un cuerpo que adquiere una forma no convencional particular es una labor de mucho tiempo y esfuerzo. "Sin es la puerta por la que Guayasamín puede entrar en su búsqueda particular de creadora. Está, con su obra, frente a ese umbral. Le corresponde tomar la decisión de cruzarlo y entrar. Para encontrar talvez que ese no es su camino o que, contrariamente, sí lo es".
  En esta pieza (En el principio), una vez más, la dificultad de crear e interpretar es la gran zanja que debe Tamia saltar. 

 
ft Obra En el principioEstreno 07-05-09 Idea y dirección general Tamia Guayasamín Interpretes Sofía Barriga, Ana Lucía Moreno, Gabriela Paredes, Iván Castañeda, Verónica Castillo Banda sonora Darío Poletti Vestuario Mane Silva

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