Revista | El Apuntador Nro 60

Foto Silvia Echevarria

‘GIRO COPERNICANO’ A LA ¿PRÓXIMA? LEY DE CULTURA | SR

PRIMERA LLAMADA                                                                                                             

‘GIRO COPERNICANO’ A LA PRÓXIMA LEY DE CULTURA

Es decir, que dentro de la perspectiva de los trabajadores de la cultura, hay que suponer que los espectadores, los hacedores del arte son quienes deberían asignar sus criterios y puntos de vista y no al revés, en relación con la Ley de Cultura (o el Sistema Nacional de Cultura) cuyo borrador ha sufrido incontables variantes y ajustes de toda índole. Porque de los insumos con los cuales se pretendió estructurar el cuerpo legal a comienzos del Ministerio de Cultura, muchos de ellos han sido descartados en el camino y otros desechados por las sucesivas autoridades de cultura. (Siete Ministros en ocho años)

El verdadero conocimiento de las cosas, para decirlo en términos copernicanos, debe partir del supuesto de que son los artistas (populares, académicos, comunitarios) y los espectadores, quienes deben “girar en lugar de las estrellas”, para que el conocimiento de la realidad cultural y artística del país, sea el fundamento del postergado cuerpo legal. Ese cambio de orientación filosófica y de estrategia, debería prevenirnos para que la Ley de Cultura corresponda a una visión compartida y conjunta, que deje de convertirse en la coartada insustancial del poder, para imponer un pensamiento “administrativo”, legalista, consultivo que mira a la cultura y sus procesos como una reproducción ocasional de obras o una simple señal que nos pudiera ilustrar sobre temas fundamentales como la identidad, la creación o la preservación de la memoria.

Porque se han intentado muchas variantes “hermenéuticas“, explicativas, exegéticas y de método, solo para determinar, al final, una suerte de ‘diagnóstico’ de la cultura que se salda generalmente con simples ‘alusiones’. Esa (próxima) esperada Ley de Cultura no puede convertirse en una portavoz de la verdad (la oficial, por supuesto) que siempre debe estar expuesta y proclamada, si no en los procesos culturales, en los esfuerzos de un espíritu que debe encontrar sus expresiones propias. Así dice y explica la dialéctica y el sentido común. Son los ‘emprendimientos’, en el mismo sentido copernicano, que deben sintonizar o retroalimentar las políticas culturales del estado y las inflexiones que puedan ocurrir o darse en los propios contextos históricos en los que se desarrolla cada una de las expresiones del arte y la cultura.

Las pretensiones de verdad -sobre todo cuando quieren entenderse como definitivas- tanto de uno como de otro sector, también son aparentes fundamentos a la hora de interpretar dichos procesos, cuando se quiere mirarlos desde el misticismo o la arrogancia. O, para decirlo de otra manera, la cultura y el arte como procesos, tienen sus centros de gravedad que ordenan y hacen evidente la vida cultural de una nación y de un país.

¿Una ‘autoconciencia histórica? Es posible, siempre y cuando esa autoconciencia permita la fundación (y la fundamentación) de una perspectiva de conocimiento en la que los sujetos puedan involucrarse en un gesto cuyo devenir histórico nos marque los contornos de las acciones y de las prácticas culturales y artísticas. Ese debe ser el ‘giro copernicano’ como metáfora central y de reflexión, que testimonie un esfuerzo en el que se verifique la constitución de una voluntad que sea capaz de mirar el pasado y también las peculiaridades esenciales del nuestro presente. El ‘giro copernicano’ debe entenderse como la estrategia de una necesaria autoafirmación sobre el rol de la cultura y el arte, en el conjunto de otras acciones enclavadas en la filosofía y los principios del mentado ‘buen vivir’, la convivencia, el bienestar común y las formas de participación. Como para decir que la cultura y el arte son ejes que atraviesan todas las políticas del estado y no como la ‘transferencia’ de visiones unilaterales y asintomáticas que resuelven por decreto los grandes y postergados veredictos de la historia (oficial) y de los procesos casi siempre amañados por las circunstancias, las conveniencias y los oportunismos de última hora. ¿Y el ofrecimiento de ‘profesionalizar’ a los creadores? Santiago Rivadeneira Aguirre (Director Encargado)

 

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