Revista | El Apuntador Nro 64

Muestra final de Chevi Muraday. Grupo 23

EDITORIAL| ISIDRO LUNA

EDITORIAL

Isidro Luna

Cuando hacemos teatro siempre nos preguntamos por las condiciones en las que se da, por el entorno que crea una serie de restricciones en medio de las cuales nos encontramos inmersos. Y dentro de esta cuestión, como su núcleo, nos interrogamos por el carácter de la dramaturgia en la época en que vivimos.

Ya desde hace varias décadas que el teatro se volvió “minoritario”, tanto en el sentido de su producción como de los espacios que ocupa en el mundo de las artes escénicas; pero, este hecho no solo tiene que ver con las condiciones sociológicas de su producción, sino con la penetración directa de la política en la esfera de la dramaturgia.

Al igual que el Estado teatro balinés, los estados, especialmente en América Latina, se han vuelto teatrales. Esta teatralidad del estado rebasa las estrategias de comunicación y se convierte en el modo privilegiado de hacer política. La política se ha convertido en espectáculo, en donde su dramaturgia trasmite la ideología de turno.

Más aún, el estado ahora es profundamente performático: crea y cree en aquello que enuncia; así se gobierna desde el escenario, la espectacularidad y cada gobierno desarrolla su propio carácter dramático, que rápidamente se transforma unas veces en tragedia y otras en comedia.

Lo equivoco del término “representación” tiende a colapsar, uniendo sus distintos significados. La representación política se hace rápidamente representación en el sentido teatral; y las dos alcanzan el estatuto de discursos hegemónicos dominantes; esto es, representaciones en el sentido discursivo.

Así que hacer teatro en el momento actual no tiene que ver solamente con la elección de argumentos, personajes, estilos, escuelas, tendencias, técnicas de actuación, montajes, que se seleccionan más o menos libremente.

Tiene que ver con el secuestro de la teatralidad que se ha dado por parte del estado. La dramaturgia está allá afuera y más todavía en época de elecciones. Nos veremos invadidos de personajes más o menos bien caracterizados, de políticos convertidos en actores que recitan sus parlamentos más o menos bien aprendidos.

¿Cuál puede ser la respuesta del teatro frente a esta situación? ¿Cómo recuperar la teatralidad que nos ha sido arrebatada por el estado, por la política? ¿Cómo hacemos para no seguirle la corriente y terminar siendo subsidiarios, cómplices, de la dramaturgia estatal? ¿Cómo evitar que su espectacularidad penetre en nuestro modo de hacer teatro?

No hacemos teatro en una especie de espacio vacío en donde representamos lo que queremos, de acuerdo a nuestras concepciones. Hacemos teatro en medio y frente a esa gigantesca máquina teatral estatal que a cada paso nos invade, sin dejar un lugar en donde refugiarse.

 

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