Revista | El Apuntador Nro 65

La Torera, Carmen Elena Jijón . Foto Silvia Echevarria

LA TORERA | Lorena Cevallos

CAPOTE Y ESPADA PARA COMBATIR LA ANULACIÓN DEL DESEO

(La Torera)

Lorena Cevallos Herdoíza

Las memorias del Quito de mediados del siglo XX tendrían mucho menos color si no fuese por la presencia de figuras icónicas que, a lo largo de los años, han permitido contar la historia de la ciudad desde lo anecdótico. Anita Bermeo es, sin duda, una de ellas. También conocida como La Torera, esta mujer, cuya biografía se presenta más como un conjunto de misterios y suposiciones que de certezas, fue un personaje que todo aquel que visitaba frecuentemente el Centro Histórico conocía. Sus ademanes, su vestimenta y sus frases son solo una pequeña parte de lo que la hacía notable. Sin embargo, la mayoría de relatos que se escuchan en torno a ella rescatan estas características, otorgándoles una importancia que parece opacar su verdad y, por otro lado, el rol simbólico que ocupó en un Quito que transitaba de la sociedad tradicional a una más moderna.

En este sentido, resulta fundamental el modo en que, desde el arte, se ha retomado la figura de Anita Bermeo, de manera que aquellos detalles que se han repetido una y otra vez para describirla queden superados y sea posible acercarse a su vida desde la intimidad de su ser.

Con una magnífica actuación y una impecable dirección, Carmen Elena Jijón ha logrado este cometido. En su interpretación de La Torera, Jijón se enfocó en las características subjetivas de Anita. El sentido del humor brusco y directo, el dolor irreprimible, la ira frente a la sociedad y la frustración ante el amor perdido, cobran forma y dejan de ser abstracciones gracias a un leitmotiv que se convierte en el punto de partida y el sostén de la verdad escénica que se nos presenta: la anulación del deseo.

Es esta la base para comprender las filosas críticas que La Torera hace de la sociedad quiteña, a quien califica de ‘curuchupa’ y ‘mojigata’, sin pelos en la lengua. Es la anulación del deseo de un proyecto de Estado que, a pesar de constituirse como laico, jamás -incluso hasta hoy en día- pudo desprenderse de los residuos de religiosidad; de una educación que, en ese entonces, ubicaba a la mujer en una categoría de poca relevancia ni participación; de una sociedad machista, con un sistema de castas del que le costaba desprenderse y embriagado de una ceguera cultural que determinaba “cómo se dice, cómo se hace, cómo se viste, cómo se ama, cómo se reproduce, cómo se muere….cómo, finalmente, nunca se vive”, en palabras de La Torera.

La torera, Carmen Elena Jijon. Foto Silvia Echevarria

La torera, Carmen Elena Jijon. Foto Silvia Echevarria

Si bien la locura de Anita Bermeo ha sido considerada como una de sus características esenciales, en el caso de la obra dirigida por Carmen Elena Jijón esta se presenta como única posibilidad de combatir esa represión del alma que con tanta fuerza retrata a Quito en la obra. “Hay mucha lucidez en las personas que no habitan en nuestra realidad… hay otra realidad, llena de luz, y para construir el personaje de Anita hubo mucho contacto con esa esfera de la vida”, dice la actriz. Entonces la locura pasa de ser considerada una enfermedad y encarna la cura, se reivindica como posibilidad de re-conocimiento del mundo, como liberación de las emociones que han sido oprimidas en nombre de la cultura.

Para ver La Torera es preciso ubicarse en un lugar simbólico distinto al que estamos acostumbrados, lejano a aquel donde el prejuicio nos hace pensar que tenemos la libertad de definir cuál es el equilibrio y qué es lo verdadero. Y como lo usual es mirar al mundo desde una única perspectiva -la nuestra -, la artista, hábilmente, realiza un desdoblamiento en el que Anita Bermeo deja de ser La Torera y se convierte en el arquetipo de la mujer que se cuestiona y que cuestiona al entorno, que busca entender lo trascendente y armar en su mente ese gigantesco rompecabezas que es la vida. De este modo, se establece un interesante juego entre el lenguaje que nos es familiar y otro de carácter ambiguo e incluso abstracto.

Este salto ontológico que hace La Torera a través de su discurso y que se replica en el público, no es una opción para el último. La obra lo arrastra -sin que pueda evitarlo- hacia un lugar poco común, hacia ese monólogo poético, surrealista y esquizofrénico, donde las ideas no tienen una real conexión entre sí y, sin embargo, cuentan una historia coherente. “El cerebro habita todos los lugares y ninguno a la vez”, dice Anita Bermeo, que, a través de esta frase, parece confirmar que la verdad está conformada por lo palpable y lo imaginario; la realidad y la ficción; el presente y el pasado. Y es allí, en esa concepción del mundo como expansión, donde radica la clave para potenciar el deseo en vez de anularlo y la llave para ser parte de la obra y no solo su espectador.

La torera, Carmen Elena Jijon. Foto Silvia Echevarria

La torera, Carmen Elena Jijon. Foto Silvia Echevarria

Con La Torera, Carmen Elena Jijón y Pez Malo Producciones quisieron contar la historia de Anita Bermeo que nunca antes se contó. La historia de su mundo interior, de su visión de la vida, de la añoranza del amor y de ese deseo irrefrenable que supo materializar en aquellos trajes coloridos y estrambóticos que tiñeron las calles del centro de Quito en los años 50.

Ficha Técnica

Dirección y actuación: Carmen Elena Jijón

Producción: Pez Malo Producciones

Diseño escenográfico, iluminación, sonido: Edmundo López

Vestuario y maquillaje: Edmundo López

Quito, Estudio de Actores, diciembre de 2016

 

 

 

 

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