Revista | El Apuntador Nro 65

Tazas rosas de té, María Josefina Viteri. Foto Silvia Echevarria

TAZAS ROSAS DE TE | Genoveva Mora

TAZAS ROSAS DE TÉ

Genoveva Mora 

“Aquello sobre lo que puede existir consenso en el teatro, pese a todas las diferencias en el público -es decir, intereses diversos, necesidades distintas, pero hay un denominador común-, es el terror, es decir, el miedo a la transformación. La transformación última es la muerte, en el teatro…” Heiner Müller

El teatro es un acto vivo donde lo preponderante es el actor -aquel que saca de sí el personaje-. Actor/Actriz es quien coloca frente a nosotros sus palabras (las del personaje), a veces insuficientes, entonces las llena de silencios en un ritual llamado puesta en escena, donde el actor irrumpe en la calma del espectador, lo hace con la fuerza de su cuerpo, de un cuerpo cargado de memoria emocional que apela a la nuestra, nos contagia y nos lleva a vivir, no necesariamente la catarsis, sino que consigue despertar nuestras emociones de modo tal que entramos en esa organicidad que aspira y que solamente se da cuando sucede TEATRO, amén de sus complementos escénicos.

Estupendo texto de Gabriela Ponce, dirigido también por ella junto a Pamela Jijón. Intervienen elementos escénicos de manera categórica, como lo vemos en la iluminación, música y escenografía, especialmente. Sucede que, al entrar a la escena de Tazas rosas de té -y lo digo así porque el espectador está prácticamente adentro, tocando esa ‘tierra’ que la constituye-, esta deviene en una experiencia vital. Apenas iniciada la obra empezamos a afectarnos de la atmósfera que, además de creada con todos los recursos que ahí se confabulan, luz y sombra, tierra, mucha tierra, polvo, oscuridad y muerte, la sentimos de manera física. El aire se pone terroso, la mirada se esfuerza por abarcar ese ‘todo’ que entre claroscuros expresa y esconde; como si cada uno de los elementos humanos y objetos conspiraran para entregarnos en dosis medidas una información que no necesariamente despierta expectativa o curiosidad, sino que opera en nuestro cuerpo como receptor de una serie, eso sí, de inesperadas revelaciones/sensaciones.

Tazas rosas de té. Foto Silvia Echevarria

Tazas rosas de té. Foto Silvia Echevarria

La palabra de Ella -María Josefina Viteri- se desliza como su cuerpo, con la cadencia del dolor en la constatación de que todo es solamente un recuerdo que hay que volverlo vivo. Las voces en off, cuya información se plasma también en imágenes borrosas, funcionan a modo de ratificación de que todo lo pasado se vuelve sombra, pero también de que esa es la principal razón para traerlo al presente. Y, en contraste con esta engañosa imprecisión, hay dos momentos en que el ‘círculo’ de la crasa ignorancia se ilumina con los colores del uniforme que viste la burocracia llana.

Volviendo a Ella, su aparición, su talante de personaje enérgico -gracias a un impecable y potente trabajo actoral de María Josefina, emerge en la tiniebla y desde los escombros se erige, desafiando la tierra y sus muertos, o quizá midiéndose con la propia muerte; Ella, que no tiene nombre, repta, se desliza, se cuelga y expande con el tiempo, transforma nuestra mirada y nos sumerge en la profundidad de su ‘inventario’, porque, qué otra cosa es aquello que llevamos dentro, qué otra cosa son esas deudas con la vida, sino un registro colmado de secretos que de repente afloran en el recuerdo en una necesidad de curar, de entender quién sabe qué. Por eso, este inventario íntimo dicho en alta voz provoca una expansión de la memoria y activa esa ‘otra’ historia que es de todos y de nadie, que está ahí como una deuda en el archivo del poder y de nuestro olvido.

“Si el amor siempre fuera el abandono y el deseo siempre fuera por el cuerpo que nos deja, si el rojo fuera el color del azúcar y el duelo inenarrable…La muerte, la suya…Cientos de muertos flotando en azúcar…”

Dice Ella, en un­ susurro enorme, y entendemos que el dolor singular se propaga hacia lo plural y entonces lo singular se mimetiza con esa gran tragedia. La forma de ponerla frente a terceros, ajenos a una tragedia personal y distantes en tiempo de la historia nacional, el modo de acercárnosla, va inmiscuyéndonos, más que en desamparos puntuales, en la proximidad de la muerte.

Ella, detrás de esa pared de huecos/ventanas, no es Antígona emparedada, es otra hermana removiendo en los escombros del pasado, descubriendo… “el hueco eres tú” … dolor que la estampa contra el mundo mientras pregunta ¿a cuántas personas has matado?, esparce la tierra, se estrella contra el tormento para gritar números, fechas, que en sí mismas han pasado a ser solo un registro vacío de lo humano.

Tazas rosas de té, María Josefina Viteri. Foto Silvia Echevarria

Percibimos la fragmentación, temblamos ante el morbo que despierta el misterio de la muerte; por ello verla (a la muerte) personificada en ese fantoche de uniforme, y sentir como Ella arranca su máscara en simbólico acto, en una escena que llena de pavor frente al desparpajo de atreverse con la verdad de constatar que “los deseos están encerrados, los recuerdos se borran” pero el dolor persiste.

Y como no es posible, o deseable, dramatúrgicamente hablando, sostener ese nivel de tragedia de una historia que se despliega y asfixia como si toda esa tierra nos fuera cubriendo, las dirección echa mano de un recurso que me refiere a la estética de Arístides Vargas: colocar la caricatura frente a la tragedia, modo que se plasma en las escenas de las empleadas públicas enajenadas en su condición y, sin embargo, con matices, la rubia cándida con inquietudes metafísicas -María Dolores Ortiz- frente a su aún más prosaica compañera de oficina -Martha M. Lasso- cuya sensibilidad le alcanza para seguir instrucciones. Dos personajes que nos sacan del tono de la obra, aunque en sus absurdos diálogos aterrizamos en temas que, aún dichos desde la superficialidad, nos arrancan sonrisas negras y pena. Nos recuerda que así es como se maneja la información en las esferas de poder donde las órdenes van dadas por funcionarios ‘capaces’ de no discernir, dispuestos a obedecer.

El suceso de Astra, anquilosado en la pantalla, con desvanecidas figuras, con voces entrecortadas y versiones a medias se torna en una especie de personaje que no alcanzó a levantar su voz, a pesar de la multiplicidad del crimen; no obstante hoy, puesto en escena, podemos verlo como un ‘monumento’ -usando los términos foucaultianos-, colocado frente a nosotros más que para reconstruir su historia, para observar sus grietas, sus cortes e imperfecciones, pruebas irrefutables de su condición e historia.

Y en todo esto “Tazas rosas de té” nos remite a lo exquisito… o es un guiño perverso. O, como dijera el gran Rilke “Lo hermoso es el comienzo de lo terrible, que apenas somos capaces de soportar”.

FICHA TÉCNICA
Una creación del Colectivo Mitómana/Artes Escénicas
Obra ganadora de la convocatoria a Dramaturgia, Fundación Teatro Nacional Sucre, 2016.
 DRAMATURGIA. Gabriela Ponce
DIRECCIÓN Y MONTAJE: Pamela Jijón & Gabriela Ponce
ACTUACIÓN: Martha María Lasso, María Dolores Ortiz, María Josefina Viteri
PRODUCCIÓN: Ana María Hidalgo & Casa Mitómana
DISEÑO ESCENOGRÁFICO: Israel López & María José Terán
ILUMINACIÓN: Israel López
VESTUARIO: María José López
MÚSICA Y SONIDO: Pablo Molina. Violín: Sarita Guacho.
OBJETOS: Israel López, María José Terán, María Josefina Viteri
ASISTENTE DE ESCENOGRAFÍA Y TÉCNICO DE LUCES: Alex Jiménez
TRAMOYA Y CONSTRUCCIÓN: Equipo técnico Teatro Nacional Sucre
DISEÑO GRÁFICO: Cristina Pillajo, David Frank & María José Viteri
ILUSTRACIÓN Y ANIMACIÓN: Ananay
MAQUILLAJE: Natalia López, Emilia Lasso
FOTOGRAFÍA: Daniela Merino.

 

 

2016-12-17

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