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Anécdotas en Villa Celia / Samir El Ghoul

Anécdotas en Villa Celia / Samir El Ghoul

Karol me da carta blanca para la entrevista. Empiezo a desarrollar a mis anchas y la hago recorrer cada esquina de Villa Celia. El espacio está en pleno renacer, sus paredes no dejan de exhalar erudición y música. No rememorar a cada paso es imposible. 

Dueña de la situación nunca me interrumpe, solo escucha atenta mi monólogo efusivo y ansioso, siento que se deja llevar por la historia que le está siendo contada.  Los que rechazamos categóricamente bajarnos de nuestra burbuja emocional y creativa seguimos por ahí sueltos, unos dizque muertos y otros medio vivos. 

 Sala de música Villa Celia. Foto Cortesía

Sala de música Villa Celia. Foto Cortesía

En Villa Celia, justo al lado opuesto y distante de la tarima sobre la cual han instalado el piano Pleyel,  está la chimenea. Quien la mira de frente se percata de que a la izquierda hay una puerta. Da la impresión de que la casa llega hasta allí. Es un rincón extraño, y aún así insisto en llevarla a conocer ese oasis. La puerta no se abre, han puesto llave. Sucede que el papel mural que durante décadas estuvo allí, ha sido removido. Están en obras y mantienen de momento ese espacio cerrado. 

A Karol no la puedo dejar abruptamente sin estímulos visuales, y entonces comprendo que ilustrarle lo que tuvo lugar detrás de esa puerta, en vida de Celia Zaldumbide Rosales, es una tarea puramente retórica.  Evoco lo mejor que puedo las tertulias musicales de los sábados, los miles y miles de grabaciones de la colección audiovisual de Villa Celia y sobre todo, los estados de conmoción estética que rigieron aquellas eternas sesiones, viajes de verdad, indispensables para huir momentáneamente de la trivialidad y el vacío de la cotidianeidad, en los que Celia se reconectaba con su esencia artística, gracias a la poesía de  interpretaciones de pianistas como Alfred Cortot o Clara Haskil.

Han pasado meses desde la visita de Karol a Villa Celia, sede de la Fundación Zaldumbide Rosales. Concluyo que no logré transmitirle con justeza el alma de esos momentos de transfiguración. Hay que haberlo visto, vivido y escuchado. Burdamente intenté evocarle también la bruma imperceptible y disimulada que a ratos le cubría a Celia sus ojos, haciendo su mirada puramente interior, y abstrayéndola hacia una realidad anacrónica, dominada por la nostalgia de épocas pianísticas de verdadero fasto y de colosos musicales desaparecidos.

Poco antes de su muerte en 2014, detrás de aquella misma puerta, en aquel mismo salón que albergaba la colección audiovisual de Villa Celia, observé una escena completamente distinta. Sonaba El Gaspar de la Noche del compositor francés Maurice Ravel. Sus ojos botaron fuego y su voz se llenó de vida:

  –¡Es un genio! 

Fue lo que dijo Celia Zaldumbide Rosales del pianista Jorge Luis Prats, cuya relativamente reciente aparición en la escena pianística mundial porta un aura estruendosa e inverosímil. 

Nada en su persona encaja, pero todo en él es extraordinario, generoso y lleno de candor. Es la convergencia de maneras, estéticas y técnicas, de leyendas pianísticas que el público conocedor daba por extintas, como Emil Gilels, Shura Cherkassky, Joseph Hoffman, Leopold Godowsky, Claudio Arrau, y que al parecer, Celia Zaldumbide Rosales no esperaba reencontrar en estos tiempos de arte cocacolizado, tristemente confundido con entretenimiento, y abarrotado de perfiles insuficientes. 


 Foto cortesía Villa Celia

Foto cortesía Villa Celia

Jorge Luis Prats es cubano, nació en Camagüey. A los 21 años arrasó con todos los premios del Concurso Marguerite Long-Jaques Thibaud en París, —el pianista ecuatoriano Leslie Wright fue finalista de una edición anterior—. Prats pasó por los mejores conservatorios de música de Rusia, Polonia, Austria, Francia, y ha tocado en las más grandes e importantes salas de Europa. Compartió con Celia a la insigne maestra de piano Magda Tagliaferro.

A Fidel lo describe como un hombre genial, con un grado de elocuencia sobrenatural, estratega de sus propios propósitos, con quien nadie pudo. Ha estado también en Corea del Norte: “Conocí un país peculiar. Fui allí a tocar La Canción del Pino Verde en la colina de Lang Sang. Lo hice 18 días seguidos, para Kim Il-Sung, con una orquesta de 200 músicos y un coro de 500 voces, para su 70º cumpleaños. Llegas a un lugar aislado, extraño, donde las limitaciones son totales. Vi bailar a un millón de personas al unísono, un número emocionante con algo que te dice mucho de su forma de pensar. Cuatro niñas clonadas al sonido de la música componían la figura de una mariposa volando. Le pregunté a la entrenadora: ¿Cómo ha logrado usted cuatro niñas perfectas en sintonía?. Y me respondió: “Estas tres lo son, pero aquella no porque todavía suda”. ¡Qué barbaridad! El teatro de Pyongyang es de los lugares más bellos que se puedan imaginar. Del centro, hecho con cristal de Murano, cae una fuente, solamente ver eso… Kim Il-Sung fue todos los días y se sentó en la platea, sin nadie alrededor. Era una especie de dios”.

No hay razón para entrar en pánico. Pese a sus frecuentaciones, su música exuda bondad.

Villa Celia está de fiesta este miércoles 24 de octubre. Nada más y nada menos que Jorge Luis Prats ejecutando, en el Salón Isabel Rosales, toda la Suite Iberia del compositor Isaac Albéniz con manos omnipotentes, alma latina, escuela europea y los pies muy bien puestos sobre la tierra. 

 

 

 

 

La incidencia del dispositivo corporal, ampliación en la construcción sintagmática del trabajo  del  Actor / Luis Cáceres

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Danza, cuerpo y espacio. Diez reflexiones sobre la práctica creativa en danza / Ernesto Ortiz

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