Bobbitt versus Bobbitt y el rebobinado cultural l Juan Manuel Granja
Impulso irresistible: Bobbitt vs. Bobbitt no se presenta como una obra que busque cerrar un caso, lo que quiere es volverlo a abrir. Pero no lo hace desde el expediente judicial, sino desde el ruido y el escándalo que lo rodeó. El esfuerzo teatral, aquí, funciona como un dispositivo escénico de rebobinado cultural que devuelve a las tablas uno de los episodios más mediáticos de los años 90 para examinarlo con distancia crítica. La historia de Lorena Bobbitt, migrante ecuatoriana que en 1993 denunció años de violencia conyugal y terminó convertida en titular y comidilla mundial, reaparece desde los puntos de vista de los dos protagonistas/antagonistas: (Lorena) Bobbitt versus (John) Bobbitt, en ese orden.
¿Consigue este trabajo despojar a los acontecimientos del morbo fácil que convirtió a Bobbitt en la ecuatoriana más famosa del planeta?
La puesta en escena dirigida y escrita por Matías Belmar trabaja con un material que el público cree conocer, pero que rara vez ha sido mirado más allá del impacto inicial. El famoso corte genital, repetido hasta el cansancio por la televisión sensacionalista, es apenas el detonante. Lo que interesa a la obra es el entramado previo y posterior, la maquinaria mediática que redujo una experiencia de violencia sostenida a un chiste recurrente, y la forma en que el sistema judicial y el espectáculo se entrelazaron hasta volver indistinguibles justicia y entretenimiento.
Impulso irresistible . Tanya Sánchez
Belmar opta por un lenguaje híbrido que combina teatro, humor y recursos audiovisuales. No se trata de ilustrar el pasado, sino de reconstruir el clima de época. Pantallas, proyecciones y fragmentos mediáticos convierten al público en testigo activo de ese circo informativo que, en su momento, dictó sentencias paralelas desde los sets de televisión. La obra no señala con el dedo, pero tampoco absuelve. Más bien, coloca al espectador en una posición incómoda: la de quien consume un conflicto social como espectáculo.
Impulso irresistible. Tanya Sánchez, Matias Belmar
El elenco, integrado por Tanya Sánchez y el propio Belmar, sostiene una tensión constante entre la representación y el distanciamiento. Los personajes se mueven entre la reconstrucción del caso y la conciencia de estar dentro de una puesta en escena que los excede, al punto de que los dos artistas se encargan de buena parte de la musicalización en vivo sobre el escenario. Esa oscilación, si bien evita la trampa del realismo solemne o ingenuo y permite que el humor aparezca como una herramienta crítica, por momentos le resta tensión y fuerza a la obra. Si la idea es que reír no equivalga a escapar, el absurdo de un sistema que convirtió el dolor en rating podría tratarse desde el humor negro, en efecto, sin recurrir a chistes fáciles.
Impulso irresistible. Tanya Sánchez
Uno de los aciertos de Impulso irresistible es desplazar el foco del hecho puntual hacia las condiciones que lo hicieron posible. La migración, el aislamiento, la violencia doméstica normalizada y la desigualdad de poder atraviesan el trabajo escénico. El caso Bobbitt deja de ser una anécdota para leerse como síntoma. En ese sentido, la obra dialoga directamente con debates contemporáneos sobre género, justicia y representación mediática.
Impulso irresistible. Matias Belmar
La dirección musical de Fidel Minda acompaña ese desplazamiento. La música aparece para marcar rupturas, ironizar el tono televisivo o subrayar el carácter performativo del juicio público. La iluminación de Santiago Vergara y el arte de Steff Insuasti refuerzan esa atmósfera fragmentada, donde nada es completamente estable y todo parece estar bajo observación. La escenografía de Christopher Villavicencio y el vestuario de Sara Constante completan un dispositivo visual que remite tanto a un set de televisión como a un tribunal improvisado. Los residuos de tecnologías periclitadas, como las del audiovisual casero, los teléfonos de cable, la estática televisiva, las pantallas de cristal o las barras cromáticas sirven como un resto material reestetizado (pues buena parte de la tecnología que deja de ser popular o vigente termina por estetizarse) que da cuenta de la temporalidad, las contenciones y los límites de los soportes (siempre) temporales que brindan testimonio de todo suceso convertido en histórico desde determinada posición discursiva.
Impulso irresistible. Tanya Sánchez
Más que reconstruir una historia, la obra se pregunta por la manera en que se construyen las historias que consumimos. ¿Quién narra? ¿Desde dónde? ¿Para quién? En ese cruce, Impulso irresistible revela cómo el espectáculo puede vaciar de sentido incluso los relatos más graves. La violencia, cuando se vuelve contenido, pierde contexto. La obra insiste en devolverle complejidad a aquello que fue simplificado hasta el extremo, aunque paradójicamente haya sido mediáticamente multiplicado en exceso.
Que esta historia regrese al escenario no es un gesto menor. Hay algo sumamente político en recuperar la voz de una mujer migrante cuya identidad fue borrada bajo el peso del sensacionalismo. La obra no busca redimir ni condenar. En lugar de respuestas cerradas, propone conversación. En lugar de moralejas, fricción.
Es más, Impulso irresistible: Bobbitt vs. Bobbitt opera como una conversación social puesta en escena, un recordatorio de que el teatro puede intervenir en la memoria colectiva. En ese sentido, la obra dialoga con la lógica de una sociedad donde los hechos dejan de importar por sí mismos y sobreviven únicamente como imágenes repetidas. El caso Bobbitt fue vivido colectivamente menos como experiencia social que como una secuencia de escenas consumibles, editadas y redistribuidas hasta perder toda relación con el cuerpo real que las originó. Impulso irresistible trabaja precisamente sobre esa distancia. El escenario expone esa grieta y obliga a mirar cómo el espectáculo termina superponiéndose sobre la realidad que dice representar.
La puesta también evidencia cómo el juicio mediático opera como un sistema de simulación, algo muy pertinente para la reflexión en una época como la actual que algunos denominan post cinematográfica y en la cual la naturalización de la reproducción audiovisual ha disuelto límites que, como vemos en la obra, ya habían sido porosos antes de la tiranía del smartphone. Los discursos se reproducen, se exageran y se vuelven más reales que los hechos mismos. La violencia, el escándalo y la indignación aparecen empaquetados como productos narrativos listos para circular. En la obra, cada repetición vacía de sentido al acontecimiento original y lo convierte en mercancía simbólica. Lo que queda no es una verdad, sino una versión amplificada, cómoda para el consumo y ajena a la responsabilidad ética.
Finalmente, el montaje revela cómo los relatos llegan a naturalizarse hasta parecer inevitables. La figura de Lorena Bobbitt fue convertida en mito contemporáneo, una imagen fija cargada de significados impuestos que sobrevuelan la complejidad de su historia. Impulso irresistible desmonta ese proceso al exhibir sus mecanismos: el lenguaje que simplifica, las imágenes que reemplazan a los cuerpos, los discursos que se presentan como neutrales cuando en realidad están cargados de poder. Al hacerlo, la obra no solo revisita un caso emblemático, sino que invita a leer críticamente los relatos que la cultura produce y consume sin pausa.
Studio Theater, Asociación Humboldt
Impulso irresistible: Bobit vs. Bobit / Círculo de Artes Escénicas
15, 16, 17 / 22, 23, 24 de enero
Jueves y viernes, 19h; sábados, 18h
Juan Manuel Granja: Escritor y periodista. Ha publicado en las revistas Mundo Diners, El Apuntador, BG, Dolce Vita, Revista Q y Vanguardia, así como en los portales La Selecta y El Portalvoz (España).
Más en: https://www.elapuntador.net/portal-escenico/juan-manuel-granja?rq=granja
