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Las impertinencias de Martha Ormaza

Escultura a Doña Encarna, autoria de la escultora Alice Trepp,



Las impertinencias de Martha Ormaza

Santiago Rivadeneira Aguirre

Esta vez hemos querido ‘pegar la hebra’ con  Martha Ormaza, actriz, directora y dramaturga -con estudiossuperiores en la Escuela de Derecho de la Universidad Central del Ecuador, donde obtuvo una licenciatura en Ciencias Públicas y Sociales. Es parte del  elenco del Teatro Corporación Cultural Patio de comedias.Se inició en el teatro por ventura de una casualidad. Su vasta participación en obras teatrales, películas, series televisivas y cortos, le confieren un muy respetable y reconocido lugar en la historia del teatro ecuatoriano.  

Santiago Rivadeneira:Quiero comenzar, querida Martha, con el siguiente ‘atrevimiento’ que George Steiner enmarca en una disputa entre los encantos de la poética y la realidad real o el disciplinamiento del pensamiento y ‘censura’. Dice Steiner que ‘el poeta o novelista libre de toda traba fortalece, ejemplifica las díscolas, traviesas, perturbadoras irresponsabilidades de la imaginación. Está siempre a la izquierda del sentir oficial’. Si queremos encontrar un lugar común que atraviese tú obra, me parece que éste puede ser el elemento fundamental: las díscolas, traviesas, perturbadoras irresponsabilidades de la imaginación.

Martha Ormaza: Me siento muy identificada con esas palabras. 

SR: Entonces, por dónde va ese mundo tuyo ahora… 

MO: …Es una especie de impertinencia, de estar presente y llamando la atención, de alguna manera ilusoria, del espectador. Se apunta a lo que va a ver el espectador. Eso es lo que yo imagino como arranque de cualquier acción teatral. ¿Qué va a mirar el espectador? Porque este rito, que es hacer teatro, es hacia afuera, es compartir, no es un rito intimista por naturaleza, es para un público. Mi inquietud es qué va a percibir el espectador que entra a formar parte de este ir y venir, de esta dialéctica entre lo que sucede en la escena y lo que sucede en la platea. 

Y me hago la idea de qué podría percibir. Y hay algo de impertinencia, hay algo de entrar en este lenguaje díscolo, para llamar la atención y para llevar la atención del espectador hacia lo que quiero hacerle ver. Y creo que (eso se consigue) con el lenguaje del humor, de la farsa que es lo que más he manejado. 

He hecho bastantes cosas en teatro y (con) muchos lenguajes. Pero sobre todo desde allá, desde el humor, en cualquiera de sus formas. Creo que ha sido un intento de llevarle a la reflexión al espectador. Y a mirarse a sí mismo, a que vea en escena un espejo de su realidad. De lo que sucede en la sociedad al momento; es una necesidad que se refleja aquí y ahora, en el entorno. Ese ha sido uno de los principales estímulos, entrar en la mente del espectador, en el espíritu, en la reflexión, en las pequeñas agudezas y en los absurdos. Es una invasión díscola, porque es aparentemente un lenguaje ligero.

SR: ¿El ser humano se perpetua en el lenguaje? Estoy pensando en tu vasta dramaturgia. 

MO: Como dramaturga me siento muy coja, siempre son intentos los que hago. Cuando leo otras dramaturgias hago el ejercicio de apreciación de lo que he escrito, porque después de haber leído clásicos, cualquier cosa es pobre Pero cuando se ve los resultados de dramaturgias contemporáneas, también a nivel latinoamericano, (porque también se ponen en el internet lo que está vivo y lo que se monta) bueno ¿no está tan mal tampoco, no? Entonces es una necesidad de crecer, de desarrollar, de intentar hacerlo. 

Yo escribí toda mi vida. Ese es el ejercicio que he hecho. Y escribí cuentos y poesía, e intenté una vez escribir una novela, que menos mal se perdió. El destino fue así, se perdieron los originales. Es más, me los botaron. Eso fue un lenguaje muy fuerte. Entonces dije: ‘hasta ahí queda la novelista’. 

Pero creo que el intento de escribir es una necesidad construida, por mí misma, por el oficio que adquirí. Porque yo escribiría otras cosas. Seguiría divagando en el éter con lo que puedo escribir a diario. Pero llevar mi escritura hacia la dramaturgia ha sido una necesidad de crear un nuevo oficio, de intentarlo, de formar equipos para que se realice, -y eso de que el dramaturgo está a la mano, es una maravilla, es casi como una cosa práctica. 

He escrito cosas de muy distintas calidades. Tengo unas obras que son una aberración a las letras y otras cosas que tienen bastante dignidad. Ninguna me fascina, pero creo que estoy en el proceso de aprender a escribir dramaturgia y creo que lo que voy escribiendo, ya cuando entro a la madurez de mi vida, es mejor que lo que escribí en los primeros intentos. Entonces eso me alienta a seguir. 

La última pieza que escribí es La serenísima madre de las flores, tiene una base histórica, una investigación buena. Han sido tres o cuatro años de leer y leer mucho de historia, tratar de encontrar a los personajes realmente en su cotidianidad. Hablar de los artistas como nosotros, en la colonia, y darles una voz y tomarme todas las licencias dramáticas y poéticas que se me antojen, pero acudiendo a eventos que tienen esta pizca de verdad y que les hacen fascinantes para mí: que es contar nuestra identidad, nuestros inicios y de dónde vinimos con esta pasión de hacer y de realizar desde la plástica, desde las artes escénicas o desde todas las formas de arte que podamos emprender. 

SR: Y es una obra que todavía no se ha estrenado…

MO: Estoy en el proceso de montar. Estoy compartiendo dirección. Tengo una condición de salud que no me permite tener toda la energía, porque es un equipo grande. Para mí es un lujo porque estoy trabajando con los actores que más me gustan: están el Pablito Aguirre, el Wolframio Benavides… y tengo 16 coreutas que suenan y se mueven como dioses. Es una maravilla. Van componiendo la música paralelamente al desarrollo y montaje de cada ‘estampa’, así le llamamos a la clásica (forma) quiteña. Son las vidas íntimas de estos artistas y leit motivsde los personajes, que se repiten durante este… porque no es continuo, pero le da continuidad la Virgen Alada de Quito que entra a la vida cotidiana de la gente, de la manera más simbólica, desde luego, y después se queda ahí en El Panecillo para cuidarnos. Es este ser alado y fantástico…

SR: Que da las espaldas al sur…

MO: Claro… y que sigue dándoles las espaldas. A tus espaldasse llamada esa película. ¡Qué bien puesto ese nombre! Me fascina. Tiene tanta simbología esta madona que me ha llenado el corazón y la cabeza de preguntas y que al escribir me dio algunas respuestas de lo que ha implicado esta convivencia con ella de todos estos 400 años.

SR: Martha Ormaza es doña Encarna, uno de los personajes de La Marujita ha muerto con leucemia,obra que junto a Juana Guarderas y Elena Torres, ha recorrido los escenarios del país desde 1990 y le ha conferido un espacio significativo en la comedia ecuatoriana. Así explican las reseñas. Me parece que en muchos momentos, la obra pudo proponernos, al menos dos valores: el sin sentido (para poder pasar después al sentido); y, el hecho de sembrar la duda. Porque negaba todos los sistemas de afirmación preexistentes. Al final, el espectador se ríe de su propia gravedad.

MO: Yo creo que es fruto primero de la genialidad de Luis Miguel Campos, que entonces puso 3 personajes de cierta clase social y de cierta edad, de 3 regiones del país, juntos a decirse algunas verdades simples, pero verdades. Hacer los encuentros y desencuentros del país. Y esto no se daba hace mucho tiempo. Después ya hubo o el mote y el pescado, ya hubo muchos personajes de costa y sierra, norte y sur, que se encontraban en escena y en televisión, se hizo mucho de eso, para tratar de aunar, de darnos como ese sentido de nacionalidad en el escenario. 

Esa es la virtud de Luis Miguel Campos y lo que hizo fue que el ecuatoriano medio se viera reflejado y que reconociera estos personajes y que tuviera una noción de identidad. Que era maravillosa y necesaria en un momento en que los políticos utilizaban el nacionalismo para separar y no para unir. 

Era como una intervención en la política de ese entonces y romperles esa herramienta de pelea permanente en los años ochenta y noventa. Eso fue muy fuerte. Teníamos al matemático (guayaquileño) Illingworth, que vivía dividiendo (al país) entre costa y sierra. Y al llegar las Marujasse rompieron todos esos discursos desde el Congreso y desde todos los espacios públicos. A mí me encanta eso. Después, por otro lado, yo creo que intenta ser banal la obra y no lo es para nada. Es una obra escrita sobre lo obvio: la Marujita se ha muerto con leucemia. Y así termina. 

Que la Marujita se haya muerto con leucemia es la novedad. Qué pasa entre arrancar dándole esa información al público y el terminar con la misma (información). Está llena de símbolos. Es este lamento que tenemos como un modo de ser también, ¡no! Muchas veces para intentar tener una conexión, decimos ‘cómo estás’ y ya le agarraste la tensión del otro. Porque si le dices ‘estoy muy bien’, ‘estoy perfecto’, ‘y tú cómo estás’, se acabó la conversación, se congeló el otro. Este hecho trágico, implícito, en nuestras relaciones cotidianas también está puesto en el título. 

Y la construcción de los personajes y las herramientas con las que trabajamos, creo que fueron un tejido que dio un resultado inesperado, para nosotras como actrices, mucho. Guido Navarro (el director de la obra) estaba absolutamente claro y convencido de lo que hacía desde la dirección. Él venía muy fresco haciendo la escuela de bufonería, de mimo, de clown, del circopoveroen Italia y con la avidez de poner en práctica. 

En esa efervescencia nos encontramos. Y fue muy grato y los resultados fueron mucho más allá de cualquier expectativa que pudiéramos tener y lo sigue siendo. Hemos hecho un remontaje, una limpieza de la obra, un retoque de la escenografía, después de algunos años. 

Ahora en noviembre celebramos los 28 años de la Marujita; y tuvimos llenos completos y nos sorprendimos a nosotras mismas como personajes y como actrices, con la novedad que estábamos haciendo esta obra y de que implicaba todo un reto cada noche, sobre todo al frente de la expectativa tan grande que tiene el público. Quien ha visto quiere ver un sueño, porque tienen en el imaginario que pasaron un momento espectacular con nosotras y la gente tiene una fascinación por la obra. Y no podemos darnos el lujo de quebrar esa ilusión. 

Y por otro lado las nuevas generaciones, los chicos dicen ‘qué es esta Marujita a la que hay que ir a ver o si no, no se está en nada’. Si comienzas con una expectativa tan alta, tienes un nervio que se quiebra. Y cada noche se vuelve a producir la magia en medio de esa condición. Una obra realmente con una magia implícita y con ese poder de llamar y de ilusionar. 

SR: Hay que hablar del oficio del artista, cuando cumple dos roles de manera simultánea: atender a la solicitud que la sociedad formula de manera constante; y, alentar en el espectador, una apropiación simbólica del mundo. Y sin embargo, el oficiante del arte (y del teatro), también cuestiona ese encargo que parece haber reducido al arte, a ser solo una misiónque debe cumplirse casi sin cuestionamientos.

MO: Obras como esta, porque te refieres a la obra o a otras, o si te refieres a la creación, pueden ser un grillete si hay una demanda sobre lo que haces, te pesa mucho. Y pierdes justamente esos pocos espacios de libertad que crees que quedan en el mundo, como está sobre todo. Acudes a esos espacios de libertad para entrar a la creación pura, hasta mítica, utópica, pero sabes que tienes que decir, y que tienes que hacer en el fondo. 

Hay un hecho ético que te atraviesa como artista, estás para decir y para hacer. Y tienes en frente a una sociedad que está con los oídos abiertos para recibir. No se trata de dar mensajes, pero sí de estimular el ingreso del símbolo en la mente de la gente, la activación de los arquetipos. Y a través de ellos entrar a la reflexión, al goce y hasta el entretenimiento. La sociedad tiene derecho frente del actor, del artista y viceversa. Te encuentras muchas veces constreñido a realizar, a pesar de que no es el momento, de que estas en los procesos de gestación, que muchas veces son interrumpidos por las urgencias del requerimiento. Pero otros momentos hay la musa también, que viene de pronto brillante y se hace presente con una magia increíble y parecería que todo fluye, que es fácil, natural y que no es parte de este romperse, de este persistir que muchas veces es doloroso. Pero que estás dispuesto a hacerlo siempre. Hay un vicio implícito… 

SR: ¿Y no hay algo de compulsivo en este oficio?

MO: Es adictivo este oficio. 

SR: Porque al parecer la actividad artística, en sus distintas formas expresivas, siempre buscó ser más productiva. Y es eso lo que prevalece… ¿Nos volvemos demasiado productivos?

MO: Hay una urgencia interior de producir  y sobre cuando se oye desde fuera lo que uno está haciendo, respecto de quien te conoce, de quien se ocupa y se preocupa de ti y dice: ‘estás haciendo demasiado’. ‘Estás corriendo’. ‘Dónde está la urgencia’. ‘De qué te estás atrasando’. Y creo que esa es una sensación del artista en general, de que la vida se vuelve corta cuando tienes tanto que decir. 

La imaginación es un mar inmenso, inagotable, es un universo, de apuntes que te haces, quisiera decir esto, hacer una obra sobre esto. Tengo la punta de la piola de lo de más acá. Ya tengo un nuevo guion, o ahora voy a escribir algo romántico. Y con pensamientos simples te pones retos inmensos. Y es una pieza  nueva, una obra nueva. Un estilo nuevo. Y sigues buscando e indagando. Y te sigues atrasando a esta vida que se vuelve tan corta y tan efímera como una presentación de teatro. 

SR: Finalmente, querida Martha, morir y renacer es una condición del arte y del artista. Ese es el signo de la perpetuidad. Porque Mallarmé dice, en un poema que se llama El payaso castigadoque el artista, a la vez excluido de la vida y separado del ideal, debe permanecer prisionero de un espacio cerrado, nunca debe abandonar las tablas, el universo artificial…Y cito: ‘querer abandonar el lugar de la figuración metafórica para conquistar los placeres de la vida es su sacrilegio’.

MO: Son palabras muy contundentes y que reflejan mi vida. Estamos dentro de estas 4 paredes, (Martha se refiere a su casa) y es como vivir en un monasterio. Yo vivo hacia adentro y aquí dentro puedo realizar justamente y construir esta ficción, en el mundo que hay que vivir y que no puede dejarse, al que mi naturaleza está anclado. Finalmente será por hábito, será por vicio, por haber encontrado una forma de vivir, pero no puedo salir de las tablas. Tengo que encontrar alguna manera para poder estar aunque sea desde afuera. 

El escribir, el dirigir, y en las ocasiones en las que puedo actuar, se vuelven pequeños icebergs, la punta visible de una forma de vivir, que puede ser muy viciada también, de ese distanciamiento de la realidad, de la vida social, del entorno y  es de alguna manera un renunciamiento al cotidiano del resto. Que te estás blindando permanentemente a la gente y al público. Y a esto que se puede llamar arte, de modo diario y cotidiano. Pero a la vez es contradictorio y absurdo que no puedas compartir esa cotidianidad con la gente, si no fingir.

SR:Hay una escultura que le están haciendo a tu personaje. 

MO: ¡Sí, que lindo! Es un honor inesperado y que viene de una gran escultora, Alice Trepp. La idea inicial era hacer una escultura con las 3 Marujas. El tiempo se vino corto para todo el mundo. Hemos hecho una especie de trabajo maratónico con Alice. Tu viste la otra tarde la escultura ‘decapitada’ porque por mi estado de salud ya no podía volver al taller de Alice en el Cotopaxi, entonces ha sufrido una mutilación. Y me encanta porque me parece que deja de tener esa existencia efímera, ese personaje del que yo tengo mucho temor y un temor permanente. Ahora que este personaje adquiera cuerpo y se quede, esté, con un realismo: es tan conmovedor (porque) las esculturas de Alice tienen unos ojos que nos muestran el alma de la artista. ¡Estoy contentísima con que esto pase y ya me puedo morir tranquila!

 

 

 

 

 

 

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