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MIEDO A VOLAR

Miedo a volar, compañía Nacional de Danza. Foto Silvia Echevarria Daniel

MIEDO A VOLAR

“Es un ensayo sobre el ser humano sometido a sus pensamientos…”

Iñaqui Azpillaga

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Hay obras que provocan sensaciones definidas, otras de las que se sales tan afectada que lo último que quieres escuchar es el típico “¿te gusto, qué te pareció?”

Aunque el tema de gusto es ineludible, en esta propuesta del coreógrafo español Iñaqui Azpillaga, con la Compañía Nacional de Danza del Ecuador, siento que el gusto se opaca, porque el trabajo va por otro lado, no quiere agradar, quiere interpelar. Miedo a volar es una de esas obras de las que abandonamos las sala con algunas tareas, la primera, seguramente, entender por dónde mismo va la cuestión del miedo.

Miedo a volar ¿es esa una provocación, una afirmación, o una pregunta a los bailarines de la CNDE, al público? de hecho, podría empezar imaginando que principalmente está destinada a los bailarines, y es que el arte no es una construcción racional solamente, hay que atreverse a volar.

En la danza, donde entra en ‘vuelo’ el cuerpo, cuerpos que, a veces están ya ‘acostumbrados’ a un tipo de lenguaje, me atrevería a decir que, tienen un gesto seguro, movimientos previsibles que incluso aseguran una respuesta en el público, cosa que suele ocurrir cuando se ha trabajado por largo tiempo de tal o cual modo. Resulta que lo primero que salta a la vista -a la mía-es la respuesta del elenco, atreviéndose con una escritura distinta, que se inscribe en toda la dramaturgia corporal, que por supuesto alcanza a la manera de ocupar la escena. Inclusive diría que estos cuerpos/bailarines, se dejan, por decisión del coreógrafo, ocupar por un vestuario tan inhóspito, que asoma como un ejercicio dramático más. Vestir trajes tan poco amigables, estética y funcionalmente (me refiero a la calidad de las telas) tiene sin duda un efecto; en este caso se me ocurre que abona como un objeto adherido al cuerpo que actúa como un primer factor de violencia.

Los títulos de las obras, generalmente, actúan como impulsadores para la imaginación, anticipan, para que el espectador pueda completar la narración, y si no la hubiera, construir la propia, como sucede en esta obra abierta.  Miedo a volar, se torna en ironía, porque su nominación, inmediatamente, remite a ese ideal de volar con la imaginación, con la posibilidad de situarnos ante una danza que nos lleve al espacio del virtuosismo y el deleite. Nada más lejano de esa expectativa, se trata de un miedo a volar a través del instinto, del lado oscuro de lo humano, miedo de admitir que hombres y mujeres vivimos en una lucha de poder, en un ejercicio de dominio perenne disfrazado de amor o atracción.

Es un vuelo lento, rastrero, con escenas morosas que crean expectativas que no siempre se resuelven, sino que parecieran más bien ser una estrategia para construir esa atmósfera de angustia en que se sumerge el espectador desde el primer momento, cuando llegamos junto a los personajes a un espacio desconocido se genera ese miedo que nos domina en una calle oscura donde se camina ‘cuidando las espaldas’. Ocurre entonces que, ya con este ambiente creado (vale decir en este momento que el diseño de iluminación de Anatole Wascjhke es crucial) vemos en un momento dado a esa pareja que se enfrenta en un largo diálogo de cachetadas inverosímiles y rompe la convención lograda, evidencia un artificio que y se vuelve casi cómico, o tal vez, se queda a medio camino de eso que percibimos se pretende todo el tiempo y es la tan compleja ironía.

La gravedad de la música -Mauricio Proaño- nos conduce a un estado tenebroso que activa ese temor judeocristiano instalado en nuestra infancia, y trae a la memoria al  potente Bach y su música de órgano, aquella que copada la iglesia y aplastaba hasta los pecados, tal como sucede en esta calle donde los cuerpos van sucumbiendo a la gravedad y lo único que los sostiene es la mirada hacia arriba, último recurso para mantenerse; el peso de la música, sin embargo, los desploma y los arrolla, y es entonces cuando emerge otro gag: Cupido. Figura que en la obra tampoco llega a la ironía, sino que más bien tiende a alzar el vuelo romántico, ese al que en primera instancia podría remitir el título de la obra.

Luego de esta especie de descanso, viene una escena logradamente absurda que dura el tiempo preciso para no desmoronarse: voces y cuerpos entran en concierto, ataviados de atuendos navideños, clownescos, sin ton ni son juegan a comunicarse entre silbidos y transpiración, otra vez una suerte de paréntesis para tomar aire, porque inmediatamente se impone esa pareja, que colocada a un costado de la escena, teje un romance, mientras como fondo escuchamos la carta a San Antonio… te pido encontrar el amor de mi vida… y parejas diversas (echo de menos la pareja gay) bailan, giran… se encuentran desencuentran y el climax va llegando, se desata la orgía, el delirio, y cuando estamos en el límite de la angustia… ella regresa, a recoger el despojo y emite un ¿vamos?

Miedo a volar es un trabajo fuerte, sin contemplaciones, porque el tiempo transcurrido en el teatro se vuelve duro, a pesar de una serie de imágenes bellamente logradas, que las sentimos como una suerte de respiro en medio de tanta violencia.

Miedo a volar no es un lugar seguro para nadie, menos aún para la CNDE, porque  rompe con lo convenido, con lo acostumbrado, es un trabajo conceptualmente difícil, así también a nivel de lenguaje, que por cierto es el mayor mérito de los bailarines, pues alcanzan a quebrar una manera de escritura que tantas satisfacciones les ha causado. Hay un trabajo intenso de desaprendizaje y aquello tiene mucho valor, es sin duda un paréntesis saludable y una oportunidad para revisar lo transitado. Y, como toda obra recién nacida tiene la posibilidad de fortalecerse.

Ficha técnica:

Coreografía y dirección: Iñaki Azpillaga

Creado con e interpretado por: Darwin Alarcón, Cristian Albuja, Cristina Baquerizo, Luis Cifuentes, Vilmedis Cobas, Fernando Cruz, Camila Enríquez, Marcelo Guaigua, Zully Guamán, Sisa Madrid, Christian Masabanda, Franklin Mena, María José Núñez, Oscar Santana, Yulia Vidal, Catalina Villagómez, Eliana Zambrano

Música: Mauricio Proaño

Iluminación: Anatole Waschke

Imagen: José Toral

Vestuario: Sara Constante

ESTA OBRA DEBE SER UNA MIERDA, ENTENDÍ TODO!

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