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Otra lectura de Rabia/Genoveva Mora Toral

Otra lectura de Rabia/Genoveva Mora Toral

No es usual, en nuestro medio, que una obra tenga seis semanas de llenos completos; Rabia lo ha conseguido, si duda porque delante está el nombre de Sebastián Cordero, uno de los cineastas más reconocidos de nuestro país; porque cuenta con una producción eficaz pues, generalmente es la pata floja en la producción escénica nacional.

No voy a entrar a hablar de la película -guion nacido de la novela homónima, de Sergio Bizzio-,  ni la voy a comparar; me detendré en la adaptación realizada para el teatro, pensado que, no todos los espectadores habrán visto el filme y, sobre todo, porque cine y teatro son géneros distintos, el tiempo del teatro maneja otra convención; en escena no hay cámara que juegue con enfoques, (aunque es un recurso que también se usa hoy en el teatro), aquí son los actores quienes provocan, o no, un close up, por ejemplo; en general es el ojo del espectador, de acuerdo con la disposición de la gente en la casa, quien consigue un picado o contrapicado, plano general, etc.

Fotos tomadas de la página de   Rabia  , Facebook

Fotos tomadas de la página de Rabia, Facebook

En esta propuesta que tiene como escenario la casa/museo Muñoz Mariño, cuestión muy novedosa para la gente menos asidua al teatro, y claro que sí, la colonial casa funciona perfectamente como escenografía que acoge también a los espectadores quienes, divididos en dos grupos, se trasladan, de acuerdo con las indicaciones de un guía, de un lado a otro siguiendo el desarrollo de la obra. Lo interesante es que cada grupo asiste a la misma obra, pero en distinta frecuencia, las escenas no se repiten, pero al final todos entenderán y serán testigos de esta historia, desde una mirada distinta. No obstante, hay demasiado traslado, por ende, cortes en el tiempo escénico, también en el tiempo del espectador, quien cada vez que recibe la indicación de moverse, inevitablemente rompe la convención teatral, quedando solamente la intriga por la anécdota.

Rabia es teatro realista lo cual no es un menos, simplemente es una opción, pone ante nuestros ojos el trajín diario de una familia, que come, duerme, pelea y … esconde sin quererlo, además de sus miserias, un asesino.  Empero, su director en la breve charla inicial, a más de las recomendaciones de acatar las indicaciones para moverse por la casa, sugiere atención para captar esa atmósfera fantasmal del ambiente, invita a sentir más allá de lo evidente; sin embargo, la excesiva circulación del público no permite un relativo silencio para escuchar el trajinar del fantasma viviente (confundido con ratas), del asesino cuya presencia es real porque lo hemos visto y sabemos dónde se esconde. Quizá (y este es el prohibido tiempo potencial a la hora de analizar un trabajo), si el público se mantuviera más tiempo en cada espacio y se jugara con la sugerencia, pues ese espacio lo permite, asomaría esa atmósfera enigmática que se persigue.

La trama está urdida de manera que podemos hablar de un doble rol protagónico, el de Rosa (Carla Yépez) y José María (Alejandro Fajardo),  dos personajes que dan pauta al argumento, y al tiempo se vuelven indispensables para tejer esta serie de causas y efectos que conforman Rabia; la inocencia de Rosa y su condición de mujer indefensa en las distintas circunstancias, permite que María (como ella lo llama), entre en su vida con toda la carga de violencia que en él habita. Carla Yépez lleva el papel y erige un personaje máscara (sabiendo que ese es el significado de personaje) casi inalterable, no se afecta, sus emociones son lineales, y eso, como espectadora, me cuestiona porque su caracterización no es el cinismo, sino más bien una especie de candidez, de ignorancia ante lo humano, tampoco se trata de apostarle al registro del melodrama, no, justamente ella es un personaje ambiguo. Solamente en dos momentos, el de la violación y al final de obra cuando José María asoma, aparece esa mujer rota.

José María, el personaje casi ausente de la escena, consigue una presencia rotunda, él va descomponiéndose, no me refiero a lo físico que, por supuesto se debilita porque lo han envenenado, sino que emocionalmente va transformándose y arriba al estadio de enajenación, crea una historia personal de amor que no hubo y en nombre de ese amor mata. Alejandro Fajardo es el centro de esta historia y asume su papel con autenticidad teatral.

Fotos tomadas de la página de   Rabia  , Facebook

Fotos tomadas de la página de Rabia, Facebook

 En general, Rabia, responde a la expectativa del público que sale tocado por el teatro, y eso es cumplir un objetivo. Cuenta con un elenco muy respetable, Diego Naranjo e Itzel Cuevas son actores de primera línea y así nos lo dejan saber en escena. Luis Mueckay desempeña lo suyo. Orlando Herrera, un comediante de cepa, se adentra en terreno inseguro y desafortunadamente hace ruido.

Quizás, mi voz también hará ruido, pero ese mi papel, adentrarme un poquito más en los avatares de la escena.

 

 

Ficha técnica

Dirección. Sebastián Cordero

Alejandro Fajardo.  José María

Carla Yépez. Rosa

Itzel Cuevas. Madre

Diego Naranjo. Padre

Orlando Herrera. Hijo

Luis Mueckay. Vendedor, fumigador y detective

Arnaldo Gálvez. Producción

Karen Cárdenas. Productora de campo

 

 

 

 



“No me gusta lo provisional de los sueños, de las aspiraciones”, Una conversación con Carlos Celdrán/Alejandra Aguirre

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Delarealapre o el movimiento que interroga, sacude y festeja al movimiento /Bertha Díaz

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