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CON VOZ PROPIA. Festival del Sur: Un espacio de acogida. Entrevista a Patricio Guzmán. Santiago Ribadeneira Aguirre

Patricio Guzmám

CON VOZ PROPIA. Festival del Sur: Un espacio de acogida. Entrevista a Patricio Guzmán. Santiago Ribadeneira Aguirre

 El Festival del Sur (o de los Sures) Jornadas Internacionales de Arte y Cultura, Antifa, cumple 25 años. En el necesario recuento de su amplia gestión, el Festival “ha programado más de 900 propuestas teatrales, dancísticas, musicales, pictóricas, literarias, audiovisuales y fotográficas, incluyendo proyectos culturales, educativos y comunitarios, provenientes del Ecuador y del mundo, en más de 400 escenarios a nivel nacional, con una asistencia que supera las 300.000 personas”.

Es una propuesta orientada a fomentar la cultura popular, que integra los procesos creativos de artistas, creadores y gestores culturales del país y del mundo. Digamos que hay una carta de navegación, con coordenadas muy precisas, con sus focos orientados a la memoria y a la historia del hecho escénico, que también son parte de los sueños comunitarios del sur de Quito.

¡Un cuarto de siglo!

Ahora queremos conversar con Patricio Guzmán Massón, actor, director de teatro y gestor cultural, que imaginó muy temprano un espacio para que el arte y la cultura del sur de la ciudad, pudieran encontrarse en un punto de  convergencia existencial, vivencial de experiencia compartida con los Otros, y que este año 2026 se realizará desde el 12 de octubre hasta el 14 de noviembre.

Santiago Ribadeneira: Quiero partir esta charla, Patricio, señalando dos momentos significativos, el primero cuando llegaste a la Escuela de Teatro de la Universidad Central, siendo todavía un adolescente que intentaba encontrar preguntas, definiciones o construir sus propias respuestas.

 

Patricio Guzmán: Fueron momentos de afectos, contradicciones. Estamos  hablando de fines de los años noventa, jóvenes en aquel entonces, entusiastas, rebeldes que pensábamos que, como hasta ahora de igual manera, siempre contestatarios. Pero como todo joven con las ganas de transformarse y de transformar la realidad. De encontrar su lugar en el teatro, en el oficio, también con el afán profundo de poder llevar arte y de hermanarnos a través del teatro con las comunidades de acogida que tiene el Festival.

Justo recordábamos con Marcos Camacho, Diana Borja, con algunos de los soñadores de aquel entonces, cómo se inició el proceso del Festival del Sur con un espaldarazo y un apoyo fundamental que fue nuestra Alma Mater. Recuerdo que en aquel entonces estaba Antonio Ordóñez de Director de la Escuela y, claro, nos facilitaron las luces, las torres, la furgoneta, nos acompañó (el técnico) Gualberto Quintana. En aquel momento con Rafael Herrera Gil a cargo de la dirección de cultura de la universidad, pues muy favorablemente se nos abrieron las posibilidades dentro de la U. para sacar el festival adelante.

Y como siempre digo, ustedes, nuestros maestros, fueron los responsables de motivarnos, de inyectarnos esa vena creativa, rebelde que estoy manejando, porque para hacer arte y cultura uno tiene que tener esa dosis de   inconformidad, de creer en la utopía para salir adelante.

Tanto de rebeldía como la oportunidad de la utopía, se fueron conjugando esos primeros años del festival que, como digo, el primer apoyo fue del Alma Mater y de los compañeros, de los colegas, y por supuesto de los grupos de teatro fraternos que acompañaron esa primera etapa del proceso del Festival del Sur. Así que, en resumen, los cinco primeros años del Fesur, como lo llamamos ahora, se apuntalaron con todo ese bagaje de experiencia, de conocimiento, de relaciones humanas adquiridos en la Universidad Central. A partir de tus charlas, recuerdo, y los encuentros que se hacían sobre Bertolt Brecht, en el Aula Benjamín Carrión de la Casa de la Cultura. Nosotros inspirados, motivados por todas estas experiencias, dijimos, bueno, por qué no hacer algo similar desde el sur de Quito y eso fue creciendo hacia los sures del mundo.

Entonces, esa primera cuna de la Facultad de Artes de la Universidad Central fue el detonante para acompañar el proceso del Festival, hasta el día de hoy. Fíjate, después de un cuarto de siglo como bien dices, hemos regresado a las aulas de la facultad ya con tradición, con más profesionalismo y por supuesto, con recursos económicos después de una lucha gremial de tantos años para que logremos consolidar una institución que apoya los procesos culturales.

 SR: El otro momento está en el patio de tu casa, ubicada en la el barrio de La Magdalena. Había un árbol de guabas, más o menos frondoso, que postulaba la existencia de un mundo externo que estaba por llegar. Es la posibilidad de la próxima existencia de un encuentro, de un festival que auguraba un camino de experiencias, de vivencias futuras…

PG: En ese aspecto comenzamos como tu bien dices, toda esta aventura debajo del árbol de guabas en la casa de la familia Guzmán Massón en La Magdalena, pues mis padres, para decirlo de alguna manera, nunca expresaron un apoyo manifiesto, tácito a mi carrera de artista en aquel momento, estamos hablando de casi treinta años atrás. Hoy las cosas han cambiado.

En aquel momento pensar que un hijo de familia podía ingresar al camino del arte, no era del agrado no solo de mis padres sino de muchos padres de mi generación que decían ‘de qué vas a vivir, qué vas a hacer. Como hobby está bien, pero debes dedicarte a otra cosa’. Pero al ver precisamente la tenacidad que pusimos al ocupar el espacio, al rehabilitar la pequeña salita de bolsillo que había junto al árbol de guabas de la primera casita de mis papás, una media agua de adobe, donde rehabilitamos el teatro, fue maravilloso recibir ese apoyo, no manifiesto, pero mis papás de una u otra forma siempre estuvieron ahí, apoyando.

Y claro, cuando el festival y nosotros como teatristas comenzamos a despuntar, mis viejos dijeron ‘a no, parece que esto va en serio’. Y el guambra agarró maletas y se fue para Chile, a la Argentina, ya viene para acá con el grupo de teatro, está movilizando a los vecinos, se están haciendo cosas aquí en el sur de Quito, el apoyo fue mucho mayor. Estuvimos en el primer proceso del Teatro de la Guaba, en la iglesia y en el parque de la Magdalena, hasta la edición No. 7 del Festival del Sur.

Esos fueron los motores y los epicentros y de ahí la semilla de este buen árbol comenzó a esparcirse desde el sur de Quito hacia los sures del mundo, como nosotros decimos. Ese fue un momento bien especial, recuerdo por ejemplo a Patricio Viteri (+), Rocío Pérez, América Paz y Miño, los compañeros teatreros Raymond Duque, los compañeros de la gestión cultural Nelson Ullauri, Carlos Vizuete, en fin, el Teatro de la Guaba fue un motor, un dinamizador de la cultura en el sur de Quito, que se volvió un referente y una punta de lanza para que otros colegas digan, bueno, si debajo de un árbol, estos locos pueden hacer teatro, nosotros también lo podemos hacer.

Hoy por hoy en el sur de Quito existen al menos unos doce centros culturales activos como teatros en casa y de formas diversas, inspirados y motivados también por ese proceso, claro que sí.

SR: Respecto de los 25 años del Festival del Sur, Antifa, (en realidad 26) habría que puntualizar algunos momentos: el inicio, como ya mencionabas antes; las propuestas teatrales, dancísticas, pictóricas, culturales, las referencias a la realidad social que bien llamas de acogida. ¿Qué es lo que ahora distingue al encuentro?

 

PG: En ese aspecto, Santiago, siempre pensamos y sabemos que el arte nutre al arte, el arte se alimenta del arte, entonces, en todas esas búsquedas, vincularnos con los compañeros músicos, los artistas plásticos, fue fundamental para tener nuestra propia visión, una lectura holística de lo que queríamos hacer y proponer. Eso nos llevó también, desde el caso del Festival del Sur, a afincar el trabajo con las comunidades y fuimos abrazando esa cultura popular tan rica del sur de Quito, del Ecuador, del mundo en general, que fue empatando con nuestra visión estudiantil, académica.

Nos dábamos cuenta, por ejemplo, que en los barrios populares del sur la danza, la música fundamentalmente, las expresiones artesanales es algo que se aprende y se hereda al interior de la familia. Es algo que no se aprende en la escuela o en la academia. En esa riqueza de saber cómo la cultura popular se va transmitiendo de generación en generación, cómo la cultura popular abraza la identidad de los pueblos originarios, abraza la comida, la gastronomía, la cosmovisión, la relación con la naturaleza, con los animales, nosotros decimos, bacano: no solo es el teatro ni las artes plásticas ni la danza o las artes escénicas.

Acá hay todo un conglomerado de artes populares, de saberes, de ciencias con minúscula que deben ser incorporados, porque ahí está la materia prima para nuestra creación; de qué vamos a hablar a nuestras comunidades si no conocemos sus formas de vida, sobre todo sus necesidades, no. Entonces el Festival del Sur comienza a ser un proceso que empata las expresiones artísticas con las demandas de las comunidades de base.

Nos damos cuenta que en el barrio de la Ferroviaria falta alcantarillado, nos damos cuenta que en La Lucha de los pobres la genta está luchando por una vivienda digna. Nos preguntamos cómo el proceso artístico puede apuntalar estas otras causas sociales significativas que hacen comunidad, que hacen cultura y hacen identidad. Sí decimos, entonces, que aquí hay mucho por hacer. Pues quién es nuestro público, las comunidades barriales, colegios, instituciones educativas, grupos de mujeres, de jóvenes y claro, todo este gran conglomerado comienza a sumarse al Festival del Sur y señalamos, aguanta, vamos a cambiar el nombre hacia el año séptimo. Ya no le llamamos teatro en el sur, como fue originalmente, y comenzamos a llamarle Festival del Sur Jornadas Internacionales de Arte y Cultura. Eso es importante y quiero detenerme aquí un minuto, también nos damos cuenta de que lo que nos pasa en Ecuador como noveles creadores y gestores culturales es idéntico en el sur de Colombia, del Perú, de Francia y en todos los sures.

Decíamos que aquí tenemos que ir potenciando una red  que nos aúne más allá del objetivo estético que tenemos. Ahí comienza el Festival del Sur a apuntalar un proceso interesantísimo que es el de la ‘cultura viva, comunitaria’. Abrazamos los principios de la cultura comunitaria en el año 2010, nos adherimos a todo el movimiento nacional de cultura comunitaria y en el año 2014 logramos que en la Ley orgánica de cultura se incorpore la cultura viva comunitaria como un precepto y como un principio motivador que, además tiene que recibir fomento y debe estar presente en la vida pública y política nacional.

Dentro de esa cultura comunitaria, todo el paraguas amplísimo de los saberes, de las ciencias, de las bellas artes  y de todo lo que está por venir  y construir, porque el Festival del Sur, pese a sus 25 años, sigue siendo un proceso en construcción, que nos trasciende a nosotros mismos y ahora nos vemos en la necesidad de hacer un relevo generacional, de buscar  nuevas voces, liderazgos que puedan empoderarse del proceso del Festival del Sur, o de otros procesos similares.

SR: Lo otro tiene relación con el hecho de que el Festival del Sur es una fuente de transmisión, de renovaciones no solo conceptuales del arte y la cultura comunitaria. ¿Un paradigma que se renueva siempre para descifrar los momentos potentes del teatro, la cultura, del pensamiento?

 PG: La cultura, el arte son hechos completamente dinámicos y el Festival del Sur no es la excepción.  En ese largo caminar, en ese proceso de ya 26 años pasamos carros y carretas porque mucho de este aprendizaje es a partir de errores, precisamente, porque tenemos una escuela donde podemos aprender teatro, digamos, pero no tenemos una escuela donde aprender gestión cultural o relaciones humanas o producción cultural en territorio. Eso lo fuimos asimilando en la marcha, encontrando un método propio, si se quiere, y un sistema de una raíz orgánica que fomentaba una relación con las comunidades.

En el Festival del Sur ningún año es igual, eso es muy loco. Porque cada vez son diversas las comunidades de acogida que reciben al Festival. Hoy, por ejemplo, vamos a estar en un barrio que se llama San Juan de Chillogallo que es parte de la parroquia de Lloa. Tres mil quinientos metros de altura, páramos, guardianes del agua, fuentes de agua, y no tienen agua. Es una contradicción tremenda.

Es una comunidad de apenas cien habitantes, cuatro o cinco familias, y es el  antiguo enclave que unía sierra costa, el primer camino que unía ambas regiones, en su tiempo de bonanza enorme cuando se construyó el oleoducto de crudos pesados, pero ni Petroecuador, ni las comunidades ni la empresa de ferrocarriles ni nadie que estuvo vinculado en su momento al desarrollo de la región, se empoderaron para que este sea un lugar de progreso. Eso no sucedió. Desde hace cinco años con proyectos con el Festival del Sur, hemos logrado visibilizar a estas comunidades.

A través de los grupos de danza y música con el teatro, primero la comunidad se siente sanjuanina; segundo, dicen aquí podemos hacer otras cosas para visibilizarnos. Por qué pongo este ejemplo, el mitin cultural que vamos a realizar se llama “por el agua”. Paralelamente en el Festival estamos desarrollando ferias de emprendedores culturales donde llegan con la caña, el maíz, los quesos, la leche. Esta comunidad ha visto en las ferias culturales y artísticas la posibilidad de un desarrollo económico y turístico en su localidad. Nos damos cuenta que esta semilla, que este germen del arte, puede detonar otro tipo de relaciones y de organización social.

Desde esa perspectiva el Festival sostiene, desde hace doce años, lo que es el encuentro intercolegial de arte y cultura que se ha vuelto como un ‘festivalito’ paralelo al Festival del Sur, y es uno de los pocos espacios que tiene la ciudad para el encuentro con los jóvenes. Vuelvo a lo que decía antes: ningún festival es igual porque cada comunidad de acogida, sea colegio, sea barrio, tienen sus propias necesidades y ven en el arte la posibilidad de apuntalar un camino de cohesión social. Eso para nosotros ha sido importantísimo. El Festival del Sur no sería lo que es si sin el apoyo de las comunidades de acogida para que esto suceda. Está la participación amplia de la colectividad.

Muchos de los que ahora son jóvenes y que antes eran niños, comenzaron el proceso con el Festival del Sur, hoy están estudiando economía de la cultura, ciencias sociales, algunos están en la Facultad de Artes y claro, a veces no los reconozco. Muchos han salido fuera del país. Son cosas, Santiago, de las que no nos enteramos pero que en algún momento, procesos de esta naturaleza, se desataron en las comunidades.

SR: Son tiempos contingentes, complicados, por los que ahora mismo atraviesa el país. Digamos, por último, que el Festival del Sur es un espacio y un lugar para una reflexión compartida. De una fuerza que reclama la idea de reforzar la creencia en las capacidades creativas del ser humano para cambiar la realidad.

PG: Hoy estamos viviendo en el mundo de la distopía, por todos los factores que sabemos. Retomar la utopía justamente como la respuesta a la distopía para nosotros sigue siendo fundamental. Y esa utopía en nuestra perspectiva se construye al menos con algunos ingredientes o se cocina con ciertos ingredientes: lo primero es la libertad de pensamiento que el arte provoca en la gente, porque el teatro es el universo en el que podemos llegar a ser enteramente libres. Podemos morir y resucitar en escena. Cuando la gente se confronta con esos espejos a través del teatro, de la danza, de la música, dicen que otros mundos son posibles, otras realidades pueden ser construidas a partir de este hecho efímero, poético que nos están mostrando los compañeros.

Lo que hemos visto con el Festival del Sur es un espacio de inspiración para la gente, de acogida, de abrazos, porque desde nuestra perspectiva, y ese es el segundo elemento, si hoy por hoy el teatro no se identifica plenamente con las realidades de su público, si no conoce a fondo, si no nos podemos en el lugar y hacemos el hermoso ejercicio del sí mágico, qué pasaría si soy una persona que vive en un barrio de donde sale agua y no tiene agua, qué pasaría si fuera un estudiante que se siente reprimido, amordazado.

Entonces, desde esas posibilidades de construcción, nosotros hablamos también con las comunidades. Claro, la mejor forma de hacerlo es presentar obras, productos escénicos de alta calidad y factura para que el arte haga su magia. Porque tiene que haber belleza necesariamente, que mueva y conmueva. El Festival del Sur se convierte en ese espacio en el cual se pueda ir construyendo utopías también.

SR: Muchas gracias Pato por todas esas reflexiones.

Lavanda en el velador. Carmen Elena Jijón

Lavanda en el velador. Carmen Elena Jijón