CONVOZPROPIA. La Ruta de la Danza: transmisión, vivencia y escucha. Entrevista a Sisa Salgado. Daniel Felix
En el principio fue el movimiento. El primer lenguaje, el primer contacto, el encuentro que manifiesta algo más que una funcionalidad: el ser humano, donde quiera que se halle, como quiera que haya llegado ahí, se ha integrado a su territorio, ha construido su perspectiva del mundo desde la base de su cuerpo, y entre cuerpos, un tejido universal bifurcado en la memoria. La danza y la música son originalmente los primeros lenguajes que tenemos; más que códigos o nomenclaturas, lenguajes complejos que expresan tradiciones, ritos, saberes ancestrales que perduran a través del paso del tiempo.
Sisa Salgado -investigadora, actriz, artista, bailarina y antropóloga- ha dedicado parte de su vida a esta investigación: adentrarse en los mundos sutiles de las danzas tradicionales del mundo. Su trabajo la ha llevado por una ruta global, por lugares remotos de África, de Asia o del Ártico, registrando y preguntándose sobre esta pulsación que lleva a las personas a bailar; y además, a transmitir y perdurar los movimientos, los sentidos que conllevan los encuentros de los cuerpos, lo comunitario que se hila entre generaciones en torno a una danza, un rito, un objeto fugaz que compartimos dentro de nuestras tribus.
Sisa Salgado
De Bali a los Himalayas, de Siberia a África Occidental, la Ruta de la Danza de Sisa Salgado le ha permitido indagar en el corazón de diferentes comunidades, acercándose a estos profundos lenguajes no verbales que nos hablan de diversas visiones del mundo, y nos devuelven a principios de fascinación, de espiritualidad, de memorias que se conservan vivas. Antes de iniciar nuevamente la siguiente parada de esta Ruta con destino a Japón, pudimos conversar con ella sobre su investigación de vida:
- ¿Por qué “La Ruta de la Danza”? ¿Cuál es el detonante de esta investigación que te ha llevado a recorrer el globo?
La Ruta de la Danza nace de una pregunta que me ha acompañado durante muchos años: ¿qué puede contarnos la danza tradicional sobre la historia de una cultura, y cómo este patrimonio es transmitido hoy? Mi formación en teatro, danza y antropología me llevó a comprender que el movimiento no es solamente una expresión artística; también es una forma de conocimiento, de memoria y de transmisión. La Ruta de la Danza nace como un proyecto de investigación de danzas tradicionales a lo largo de antiguas rutas culturales, comerciales, espirituales y migratorias alrededor del mundo.
El detonante fue descubrir que muchas danzas tradicionales están profundamente vinculadas a los territorios, a las migraciones, a las prácticas espirituales y a las formas de organización comunitaria. Quise entonces acercarme a ellas, no solamente como antropóloga, sino como aprendiz e intérprete.
La propuesta metodológica atraviesa cuatro ejes: inmersión, aprendizaje corporal, documentación e intercambio cultural.
Así, la Ruta de la Danza se ha convertido en una investigación de largo aliento sobre el movimiento humano: cómo los cuerpos conservan memoria, cómo una comunidad transmite conocimientos a través de generaciones y cómo una práctica aparentemente local puede hablarnos de procesos culturales e históricos mucho más amplios. Bali fue el punto de partida, y posteriormente el recorrido me llevó por India, el Sudeste de Asia, los Himalayas, Tíbet, Mongolia, el Asia Central, Siberia, el Ártico y, más recientemente, África Occidental.
- ¿Cómo se ha gestionado a lo largo del tiempo este proyecto? ¿Qué aportes has recibido y de quiénes?
Ha sido un proyecto construido de manera progresiva y, sobre todo, a través de redes de confianza. Cada etapa ha generado nuevos vínculos y posibilidades de colaboración internacional.
He recibido apoyos de distintas instituciones culturales, académicas y artísticas, así como de comunidades y maestros portadores de las tradiciones con quienes he trabajado. Entre ellos están programas de formación como las becas del gobierno de Indonesia y el apoyo del Indian Council for Cultural Relations en India, además de procesos de formación en universidades como Kerala Kalamandalam, Kalakshetra y colaboraciones con el Tibetan Institute of Performing Arts.
También han sido importantes espacios de intercambio y circulación como la National Geographic Society, el Consejo Internacional de la Danza de la UNESCO, New York Folklore Society y New York Foundation for the Arts. En Ecuador, la Universidad de las Artes y otros espacios académicos y culturales han permitido compartir y transmitir parte de estos aprendizajes.
Pero hay un aporte que considero fundamental y que no siempre aparece cuando hablamos de gestión de proyectos: el de las comunidades y los maestros que abren sus espacios y comparten sus conocimientos. La Ruta de la Danza existe gracias a esas relaciones humanas. El financiamiento y las instituciones permiten que un proyecto pueda desplazarse, pero son las personas quienes realmente hacen posible la investigación.
- Hace un momento hablabas sobre esa metodología investigativa: inmersión, aprendizaje, documentación e intercambio. ¿Cómo defines estas etapas?
Entiendo que están profundamente conectadas y que, en realidad, muchas veces ocurren simultáneamente.
La inmersión significa entrar en un territorio intentando comprenderlo desde sus propios códigos. No llegar únicamente a observar una danza, sino convivir, escuchar, participar y comprender el contexto social, espiritual e histórico en el que esa práctica existe.
El aprendizaje implica poner el cuerpo. Para mí es fundamental aprender desde la práctica porque hay conocimientos que no pueden ser comprendidos completamente desde la distancia. La postura, el ritmo, la respiración, la relación con el espacio y con los demás contienen información que solamente aparece cuando la transmisión de la danza se hace de forma directa.
La documentación consiste en registrar no solamente el movimiento, sino también las historias, los relatos, las memorias, los contextos y las voces de quienes mantienen viva la tradición. Me interesa documentar la práctica como parte de un ecosistema cultural.
Finalmente está el intercambio, que es quizá lo que permite que la investigación no sea extractiva. No se trata de llegar, tomar información y regresar. El intercambio implica compartir también lo que una trae, generar conversaciones, enseñar, aprender y construir puentes entre comunidades y artistas. En este proceso he tenido la oportunidad de que las danzas tradicionales que he aprendido en el camino, sean mi medio de intercambio en las rutas recorridas, y que puedan ser compartidas con otras culturas. La danza como encuentro, la danza como el lenguaje común.
- ¿Cómo registrar un archivo vivo? ¿Qué herramientas, qué formatos y recursos se requieren en una ruta de esta naturaleza?
Registrar un archivo vivo implica asumir que nunca estamos registrando algo completamente estático. Una danza cambia porque cambian las personas, los territorios, las circunstancias y las generaciones que la practican.
Por eso mi archivo combina diferentes formas de registro: documentación audiovisual, fotografía, escritura de campo, entrevistas, observación participante, aprendizaje corporal y recopilación de relatos y memorias. El cuerpo también es una herramienta de archivo. Lo que aprendo físicamente queda incorporado en mí de una manera distinta a lo que puede quedar registrado en una fotografía o en una grabación.
Me interesa construir un archivo que no sea solamente una colección de imágenes de danzas, sino un archivo de relaciones: quién transmite el conocimiento, dónde ocurre, qué significado tiene, qué historias lo acompañan y qué transformaciones está atravesando.
En ese sentido, el archivo de La Ruta de la Danza es un archivo humano. Está compuesto por los encuentros y por los conocimientos compartidos durante más de una década de investigación.
- ¿Consideras que la danza es un lenguaje universal? ¿Cómo trabajar las fronteras del lenguaje en esta investigación?
Creo que la danza tiene una capacidad extraordinaria para atravesar fronteras, pero no diría que todas las danzas significan lo mismo en todas partes. El movimiento puede ser universal como posibilidad humana, pero sus significados son profundamente culturales.
Una misma acción corporal puede tener un sentido ritual, espiritual, social o escénico completamente diferente dependiendo del territorio. Por eso una parte importante de mi investigación ha consistido justamente en no imponer mis propios códigos sobre aquello que estoy observando.
Cuando las palabras no son suficientes, el cuerpo se convierte en un espacio de encuentro. Aprender una secuencia de movimiento con un maestro, repetir un ritmo o participar en una ceremonia genera una forma de comunicación que precede a la explicación verbal.
Pero en este proceso debo también agradecer a los intérpretes locales y miembros de mi equipo que han facilitado mi estadía en distintos territorios y que han creado ese puente de comunicación con sus comunidades.
- ¿Qué aprendizajes y vivencias han marcado tu Ruta?
Uno de los aprendizajes más importantes ha sido comprender que la danza no está separada de la vida. En muchos de los lugares que he recorrido, la danza está vinculada a la espiritualidad, a los ciclos de la comunidad, a la memoria, a las celebraciones y a la relación con el territorio.
En muchos contextos tradicionales, la figura del artista no está separada de la comunidad como ocurre en determinados sistemas contemporáneos de producción cultural. El conocimiento pertenece a una red de relaciones.
Los encuentros en Bali, India, los Himalayas, Tíbet, Mongolia, Siberia y África Occidental han ido transformando mi manera de entender el cuerpo y la transmisión del arte tradicional que es un patrimonio vivo compartido.
En el Ártico, por ejemplo, investigar las relaciones entre danza, música, memoria corporal y antiguas rutas migratorias abrió una perspectiva distinta sobre el movimiento como huella de la historia humana. Gracias a los nómadas Chukchi y Yupik por ese gran aprendizaje.
Y en África Occidental, a través de La Ruta de la Sal, se profundizó otra dimensión: la relación entre danza, territorio y espiritualidad, donde el arte tradicional es un refugio y una fuente de reconciliación con el pasado, no solo del legado de sus grandes imperios africanos, sino también de memorias dolorosas de esclavitud.
- ¿Qué obstáculos y dificultades se han presentado?
El primer obstáculo es la propia dimensión del proyecto. Investigar de esta manera significa desplazarse a territorios muy diversos, aprender códigos culturales diferentes y construir relaciones que requieren tiempo. No es una investigación que pueda resolverse desde un escritorio.
También existen dificultades de acceso, de idioma, de movilidad y de financiamiento. Hay territorios donde llegar no es sencillo y comunidades donde la confianza debe construirse antes de que sea posible realizar cualquier investigación.
Otro desafío importante es la responsabilidad ética. Cuando trabajamos con conocimientos tradicionales tenemos que preguntarnos constantemente cómo acercarnos sin apropiarnos, cómo documentar sin descontextualizar y cómo compartir una práctica sin convertirla simplemente en un objeto de consumo cultural.
Para mí, esas dificultades también forman parte de la investigación. Me han obligado a ir más despacio, a escuchar más y a entender que no todo conocimiento está disponible inmediatamente para ser registrado o mostrado.
- Antes de finalizar, cuéntanos sobre la próxima etapa de este proyecto. ¿Por qué Japón?
Japón representa una nueva etapa de La Ruta de la Danza porque me permite profundizar en una dimensión que ha estado presente a lo largo de todo el proyecto: la relación entre danza, ritual, espiritualidad y comunidad.
Entre noviembre de 2026 y noviembre de 2027 desarrollaré un proyecto dedicado a la danza Kagura, una de las tradiciones performativas rituales vinculadas al Shinto. El proyecto recorrerá cinco prefecturas japonesas y permitirá acercarme a distintas variantes regionales de esta práctica sagrada.
La danza Kagura es un ritual sintoísta sagrado originado en la prehistoria de Japón, concebido originalmente para entretener y apaciguar a los Kami (dioses o espíritus de la naturaleza). Esta expresión artística y espiritual se encuentra registrada en el Kojiki, el texto histórico épico más antiguo del país, donde se describe cómo los dioses bailaron para hacer salir a la diosa del sol de su cueva. Hoy en día, el Kagura se sigue representando en los santuarios, actuando como un puente vivo entre el mundo humano y el divino.
En este viaje me interesa investigar cómo una tradición puede mantenerse viva durante siglos no solamente a través de la conservación de una técnica, sino mediante la participación de una comunidad que continúa otorgándole sentido.
En Japón trabajaré nuevamente desde la inmersión: formación con maestros portadores, participación en festivales, observación de ceremonias y encuentros con comunidades e instituciones vinculadas a la transmisión del Kagura.
Creo que cada territorio recorrido ha sido una pieza de un mapa mucho más grande. Japón abre ahora otro capítulo de ese mapa, pero también me permite regresar a una pregunta esencial: qué significa realmente preservar una tradición. Para mí, preservarla significa comprender las condiciones que permiten que continúe siendo una práctica viva.
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