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La casa del tiempo / Santiago Rivadeneira

El holocausto de las letras: David Noboa/Patrick /Valembois/Salomé Velasco / Fernanda Corral: Fotos Silvia Echevarria El Apuntador

La casa del tiempo / Santiago Rivadeneira

La persona que desde hace algunos años cuida los automóviles en Casa Malayerba, siempre recibe a los asistentes con la frase: ‘bienvenidos a La Casa del Tiempo’. Además les asegura que se hará cargo de la custodia de los vehículos hasta que el espectáculo termine. Algunas ocasiones, subía a la antesala del teatro para servirse una taza café caliente, ‘para el frío de la noche’ -decía. 

Hay que  destacar al menos dos condiciones de este ‘personaje’ alto y desgarbado: su vestimenta, como si realmente hubiera salido de alguna obra de teatro surrealista; la amabilidad y el conocimiento de lo que se presenta. Nos ‘instruye’ y recomienda, porque conoce los nombres de las obras y los grupos. Tal es su solvencia que uno se le imagina sentado en la platea. 

Aquella noche, correspondiente a la temporada del grupo Distópico Teatro, nuestro personaje estuvo, como siempre, anticipando los entretelones del estreno de la obra El holocausto de las letras, incluso con los ‘datos’ generales sobre asistencia. ‘Ha venido la gente y eso es bueno’ –certificó. Cruzamos algunas impresiones sobre el tiempo, el frío y la situación política del país o la campaña de Carapaz en Italia. Y de paso hubo el reclamo porque ‘hace rato que no le veía por aquí. No vino a la temporada del Cacho’ (Gallegos) –sentenció.

El holocausto de las letras

El holocausto de las letras

Después de haber sido puesto en evidencia, al subir pude constatar que la sala de espera del teatro estaba repleta de libros. Sobre todo de Virginia Wolf, Agatha Christie, Julio Verne y Edgar Allan Poe, justamente los autores que serían los grandes cuestionadores cuando la humanidad parece haber perdido el placer de la lectura, que es el tema de la obra. La joven Editorial El Búho fue parte de la estrategia, tal vez para desmentir que la gente ya no lee y por eso estuvo presente cada noche con una oferta interesante de títulos y autores.

Virginia Woolf: Salomé Velasco / Agatha Christie: Fernanda Corral

Virginia Woolf: Salomé Velasco / Agatha Christie: Fernanda Corral

El holocausto de las letras es un texto sutil de Eduardo Hinojosa, quien además tuvo la virtud de convocar a actores y actrices cuya solvencia escénica fue evidente a partir de una dirección que supo organizar el espectáculo, que definió un ‘no-lugar’, sin tiempo que ate o someta, para descubrir que la humanidad ‘ha dejado de leer, los libros son quemados u olvidados, el régimen controla y ha prohibido la lectura’. (Un guiño a Fahrenheit 451, la historia distópica de William Bradbury, sin duda) Se establece el signo de la brutalidad para lo cual había que recuperar, además de la lectura, los modos de pensar. De alguna manera, también es la sobrevivencia de quienes fueron capaces de entregarle a la humanidad una obra tan vasta como esencial.

Hay una doble condición: el exilio y el desarraigo, que comprometen la transparencia. Bajo el arbitrio de una espantosa opacidad, los personajes se dejan envolver por sus propias elucubraciones, los desvaríos constantes y una desarticulación que hace estallar el orden de las cosas. Y todo apunta a señalar al supuesto ‘héroe trágico’ del que habló alguna vez Ricardo Piglia cuando se refería al lector, que de repente dio un giro ontológico y epistemológico, tal vez empujado por los adelantos tecnológicos.

Julio Verne: David Noboa/Edgar Allan Poe: Patrick Valembois

Julio Verne: David Noboa/Edgar Allan Poe: Patrick Valembois

Verne, Wolf, Christie y Poe como personajes que se encarnan a sí mismos, han acudido a la cita convocados por un tal ‘Miguel’, de quien comienzan a dudar de su existencia. Se establece una relación extraña entre la realidad de cada uno, la realidad del presente en la que están inmersos, y los reclamos porque eran demasiadas las distancias que se podían constatar entre la obra escrita y los lectores. Y lo que media en esa constatación, es una vieja máquina de escribir que permanece todo el tiempo sobre una mesa central, siendo al mismo tiempo objeto y sujeto de la controversia. Como una intriga oculta, que tarda en descifrarse, la vieja máquina crea muchas relaciones, algunas inconexas, o carentes de épica.

En la directa expresión de la obsolescencia, la máquina es el inusual objeto del forcejeo y de la interrupción de una temporalidad establecida solo a fuerza de las circunstancias. Es el momento del exceso y también de la verdad: surgen los aforismos, las citas de sus propios textos, la espectralidad de Poe y sus fantasmas (como el cuervo); los sueños melancólicos y suicidas de Virginia Wolf, al lado de su madre imaginaria, los registros inmateriales de Ágata Christie y las venturosas premoniciones del joven Verne. Como aspiración final, después que la máquina ha sido arreglada y superados sus desperfectos, están en condiciones de definir el perfil del (nuevo) lector, es decir, como a la máquina de escribir, hay que ‘nombrarlo, individualizarlo, contar su historia’ (Piglia, 2005)

¿Le hemos dado un nombre y una historia? Parecen preguntarse los autores/personajes. ¿Lo hemos hecho visible en un contexto preciso, como demandaba Macedonio Fernández, ‘para integrarle a una narración particular’? O hay que inventarun lector, como fue la aspiración de Borges en el Libro de Arena y fue también la aspiración de Piglia, fervoroso y apasionado amante de la lectura y los libros, que se preguntó siempre: ¿qué es un lector? Del otro lado de los libros –dice el escritor argentino-  ‘luego de atravesar la superficie negra y blanca de las palabras impresas, más allá de un jardín y una verja de hierro, el mundo parece irreal, o mejor, el mundo es esa misma irrealidad’. (El último lector, Ricardo Piglia. Anagrama, 2005)

El holocausto de las letras es eso, un acto de sobrecogimiento y de mesura relativa, que se rompe cuando Verne regresa a la cita con un artefacto extraño, que tiene una pantalla para ver seres diminutos que se mueven. Es el celular. Y este acto casi sombrío, puede asemejarse al momento que ‘Hamlet entra leyendo un libro’. Cuando Polonio le pregunta que lee él responde: “palabras, palabras, palabras”. Es el corolario de la obra: lo que importa es el acto mismo de leer, como sostienen Piglia, Wolf, Verne, Christie y Verne. Miguel de Cervantes, el convocante y el suscitador, es una forma del atisbo que acaba de salvarnos a todos. 

La Casa del Tiempo volvió a repletarse de fantasmas y de un retorno a lo propio del teatro: el reconocimiento de lo lejano en lo próximo; y de una obstinada resistencia frente al desarrollo técnico actual e incontenible. 

Ficha técnica

Texto y dirección: Eduardo Hinojosa

Actuación

Escenografía: Distópico Teatro

Iluminación: Gualberto Quintana

Vestuario: Anita Cobagango

Coreografías: Mhares Jhonas

Arreglo Musical: Fernando Muñoz



El show del amor instrumental / Juan Manuel Granja

El show del amor instrumental / Juan Manuel Granja

El circo de las Emociones / Santiago Rivadeneira

El circo de las Emociones / Santiago Rivadeneira