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La ciudad de las mujeres innobles, Un manifiesto dicho con el cuerpo

La ciudad de las Mujeres innobles. Foto Silvia Echevarría El Apuntador 

La ciudad de las mujeres innobles, Un manifiesto dicho con el cuerpo

Genoveva Mora Toral

La ciudad de las mujeres innobles no es solamente un poético y potente título, su nacimiento tiene historia, personal y colectiva, por esta razón y por el modo como está construido, podría hablar de un ‘manifiesto’.

Amelia Poveda es un coreógrafa y bailarina de extensa data; su huella creativa ha recorrido diversos escenarios del mundo; así también su experiencia y su sensibilidad ha sido tocada en diversas circunstancias. Ella, como tantas mujeres de este país, registra sucesos dolorosos y abusivos de una sociedad machista, de individuos misóginos que miran a las mujeres desde su indigente oscurantismo. Y ha sido esta la gran razón para pensar un trabajo que extienda esta protesta a todas las “mujeres innobles”, -así designadas por la coreógrafa-  ellas, nosotras, cuyo denominador común debería ser rebelarse contra la convención, la mala educación y la violencia social.

Entre los planes de Amelia está el regreso a Europa, y a modo de despedida, según lo ha expresado en nuestra conversación, quiso hacer este trabajo que involucra, además de su personal necesidad, la de las Mujeres de frente, grupo que se instituye cuando Rosa Amelia, luego de un trabajo artístico realizado en la cárcel de mujeres: Antígona en la calle de los tulipanes, conoce a la ‘tía Gloria’, personaje que ha hecho su vida ayudando a los niños de las prisioneras, y luego, sin dejar de ser esa madre adoptiva de tantas criaturas, establece también una serie de nexos que le permiten llevar adelante un programa de apoyo para mujeres y niños. Casa Catapulta, hoy, brinda su espacio y funciona como centro donde se ofrecen, además de almuerzo,  una serie de talleres a las madres e hijos: yoga, escalada, pintura, lectura, entre algunas.

  Jacqueline Villavicencio. Foto El Apuntador 

  Jacqueline Villavicencio. Foto El Apuntador 

Desde hace más de dos años, Amelia se vuelve parte del grupo, las apoya en diversos aspectos que van desde la cocina hasta la biblioteca y la administración. Ella ha ido llevando a estas mujeres, en primer lugar a reconocer(se) en su cuerpo, trabaja en análisis del movimiento, que como señala, “lo hicimos de manera muy lenta, desde los principios, intentando transmitir conceptos, secciones básicas de movimiento,  demoramos como tres meses”*. El tiempo cuenta pero no es fundamental en el sentido de estos logros, lo profundo está en cada uno de esos descubrimientos por parte de mujeres que no han tenido esta oportunidad, y la respuesta es siempre positiva, ellas disfruta de ese re-conocimiento.

Foto El Apuntador 

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De todas estas vivencias se ha nutrido La ciudad de las Mujeres innobles, una experiencia colectiva que involucra asimismo a bailarinas profesionales, mujeres de teatro y a las ‘mujeres de frente’, por esa razón, la relación de la coreógrafa con estas mujeres ha sido  especial, porque ellas no enfocan su preocupación en cómo se ven, sino en cómo se sienten, su energía esta encauzada a sentir (se), a descubrir (se); todas estas sensaciones transmiten un “anhelo distinto con la danza”*.

De modo que este grupo humano le ha permitido juntar dos universos, plasmar esa saludable desigualdad en el escenario, porque a veces la formalidad de la danza exige cierta homogeneidad, contra la que Amelia tiene resistencia “ Desde Laberinto introspectivo del alma,  entendí que esa uniformidad no me interesa, la autonomía al bailar eleva la identidad, porque todo el lenguaje va afuera de eje, y al mismo tiempo estamos juntas. Esa igualdad pertenece a otro tiempo, homogenizar no es mi intención”*.

Con todo este material, la coreógrafa teje un discurso corporal, una puesta en escena plural que tienes sus peculiaridades: la acción no se concentra en un solo escenario, sale del espacio convencional, porque la propuesta es un recorrido por distintos puntos, para finalmente ocupar el escenario como tal.

La obra va de lo performático a lo teatral, pasando por la danza, que es precisamente la herramienta potente que permite a las bailarinas Mishel Argüello, Emilia Arias, Estefanía Silva, Irene Vila ir enfatizando el discurso, desde su personal lenguaje. Emerge la potencia de esos cuerpos/voces recorriendo el espacio propio y ajeno, como una suerte de metáfora de la ciudad por la que la mujeres van dejando su huella, deteniéndose cuando es necesario, como lo hace esa muchacha de blanco atuendo y cabello azul -Nadinka Flores-, quien expande su rebeldía y su convicción de ser;  así mismo está la chica de los botines y sutil vestido -Denisse Neira- , que delicada y precisa en su gesto, taciturna en su mirada, remarca la condición femenina y su convicción de mujer. Y en medio de ellas la presencia portentosa de una mujer madura dueña de su cuerpo y su palabra -Amelia Poveda- , aquella que teje y enlaza esta serie de historias no contadas, lo hace con la decisión de los años, la seguridad de un cuerpo que ha ido adquiriendo la belleza del movimiento donde no hace falta gritar el virtuosismo, porque está detrás de cada pequeño desplazamiento, del gesto puro y sereno. Ella que reacciona a las voces del coro de mujeres canta “ maldita nieve desde un largo enero nos cubre el hielo de un silencio aterrador… las pocas fuerzas las empleo hablando…” mientras la joven de azul -Tani Revelo-  estrella su figura contra el espejo que deforma, o quizá le devuelve aquello que no quiere ser.

Performática es la presencia de las ‘mujeres de frente’: Sonia Lemos con su nieta Fiorella Corella, Juanita Cuenca, Estrella Singo con sus hijos y nieto Alfonzo Villalovos y Dominic Valenzuela; se desplazan por el lugar, lo recorren, trazan con su movimiento, con sus espontáneas figuras, no por ello exentas de intencionalidad, sí con plena conciencia de presentarse, de mostrarse al mundo en cuerpo y alma.  Ellas pueblan la escena con una energía auténtica; su movimiento va adquiriendo ritmo, su caminar se transforma también en una suerte de croque llama a la escucha y capta la mirada.  La presencia de los niños confiere mucha frescura a la escena, nos habla de una manera de asumir un compromiso desde su inocencia, pero sobre todo de mostrarse en su ser. No existe ni de lejos la intención de colocarlos como anzuelo ni explotar su pureza, como sucede en deplorables programas televisivos de concursos de ‘talento’, que disfraza a los niños de estrellitas tv.

Sonia Magdalena Játiva. Foto El Apuntador 

Sonia Magdalena Játiva. Foto El Apuntador 

Si bien hay una teatralidad dada, lo teatral en sí mismo aflora en tres personajes preponderantemente, en la Virgen de Quito –Jacqueline Villavicencio- de cuya estampa emana una fuerza tremenda que, en primer lugar desmitifica esta figura angelical, la convierte en mujer de carne y hueso, de dolor y trabajo, que por momentos arrastra su existencia, y nos recuerda que el mito no ha rebasado la realidad, que en esta mitad y en el mundo entero las vírgenes tienen que luchar cada minuto de sus vidas. De igual modo, Mónica Cobo y Fernanda Medina enarbolan un discurso contundente, la primera con su cuerpo, ella tiene un momento en escena en el que no hace falta la palabra porque habla desde el gesto, en ese ir y venir, en esas acciones donde el colocarse o quitarse una prenda evidencia mucho más que lo obvio; en ese cubrirse y descubrirse, acicalarse, desacomodarse bien podemos descifrar un día a día de incomodidades y de aciertos, de seguridades y dudas, de belleza y temor. Fernanda es determinante con su cuerpo y en su tono, en su denuncia verbal “ la mataron porque no aceptó… porque se negó, por mujer…”

Todo este proceso y vivencias trasladados al lenguaje de la danza, suscriben un coreografía de voces, concretamente lideradas por la de Andrea Fierro, quien además de intervenir como bailarina asume un portentoso personaje de nuestra historia a quien se le ha disminuido tanto, pues precisamente desde ese poder masculino se ha enarbolado su categoría de ‘libertadora de él…, amante de…’, en lugar de situarla en su cabal condición de mujer inteligente, valiente, y por sobre todo, autónoma. Andrea es Manuela Sáenz y es la voz diáfana y potente que insiste “haz que mi corazón baile…loca… loca…”;  en tanto que Elsa Erazo acompaña con su violonchello, y dependiendo del espacio en que vaya situándose, define su gravedad, eleva esa voz que se ha comparada con la humana; copa el espacio y agrega condición a la atmósfera de este gran performance que, en octubre siete, se tomó el paradigmático espacio de el Teatro Bolívar.

 

EL ÁNGEL Y EL TIEMPO  La mirada del ángel

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Reflexiones acerca del arte del movimiento

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