La escalera oscura l Genoveva Mora Toral
“Toda época tiene sus propias características que la definen” (Byung-Chul Han)
Hay obras que deleitan, pero te desgastan, te mandan con tarea, con la cabeza llena de pensamientos no necesariamente positivos. La escalera oscura, una propuesta coreográfica de Julio César Iglesias para el elenco de la Compañía Nacional de Danza del Ecuador, consigue conmocionar, seguramente, la mayoría, salimos del teatro con una cantidad de sensaciones y reflexiones que han seguido revoloteando en mi cabeza; me siento a escribir y me pregunto ¿por dónde empezar?
El primer impulso es decir ¡qué obra tan dura! rompe con muchos esquemas, y eso está muy bien por varias razones, la primera, quizás, colocar al espectador en una posición de expectativa, ¿qué viene luego, a dónde va, ¿cómo va a cerrar todo esto que, riesgosamente, plantea?
La escalera oscura. Elenco CND
Me detengo en ‘la escalera’, ese sustantivo que tiene peso y tradición, la primera escalera que me viene a la memoria es aquella que “para llegar al cielo se necesita una escalera y otra chiquita” al ritmo del twist y se fue…, más adelante asoma la famosa “Escalera de Jacob”, el sueño del profeta y la luminosa escalera que comunica con Dios. La escalera, en la Física, ese arco ascendente que también remonta; y por supuesto el famosísimo film de Adrian Lyne protagonizada por Tim Robbins, una historia de terror.
Y en este presente nos enfrentamos a La escalera oscura, la incógnita, que acarrea a cavilar ¿quién tiene más poder, el que está arriba en los últimos peldaños o aquel que está a ras de la tierra, y ¿qué pasa con aquellos que están atrapados en la mitad? ¿Serán, acaso, estos personajes que vemos en escena, los cautivos de la ilusión de vivir libres en ‘medio’ de la apariencia?
La escalera oscura. Luis Cifuentes, Catalina Villagómez
Así sugiere la introducción danzada, el grupo cohesionado marca un ritmo, y cuando esperamos el despliegue corporal nos equivocamos, nos sorprenden, cada quien toma su lugar; y si bien no es la primera vez que los bailarines apelan a la palabra, acá el reto es teatral, se convierten en personajes, adoptan y explicitan su particular manera de estar en la tierra… y empieza la dispersión. Ellas, ellos instalados en su ‘mundito’ hacen gala de su bienestar, sus habilidades, y cómo no, de esa capacidad de convertirse de un minuto a otro en grandes comunicadores, impulsores, predicadores y más inacabables roles…
La vida es una batalla campal, parecen pregonar, se trata de sobrevivir en el veleidoso universo de las apariencias; y es en esa lucha cuando los cuerpos danzantes encandilan, dan cuenta de la capacidad de entrar en esta historia, o como muy a la moda dirían, en esta narrativa interminable de placer y discrepancia; competencia y destrucción, todo esto narrado desde el cuerpo; un placer visual para quienes espectamos.
No obstante este deleite, nos vamos llenando de angustia, como en la escena de la mujer que exhibe su hombre, su guiñapo humano (Agatha y Fernando), o en las de esas mujeres que, a toda costa necesitan de un hombre, no importa el rechazo, la displicencia, la violencia o la enfermiza pasividad… porque en esta sociedad lo que cuenta es el proyecto personal, “yo, nosotros podemos” ese es el tiempo verbal que aniquila la negativa.
La escalera oscura. Fernando Cruz, Sisa Madrid, Franklin Mena, Agata Zeniskova
De hecho, todos estos personajes pelean por ser, la búsqueda del sí mismo es imperativa, la auto explotación es la norma, no dependo de nadie ni me subordino al otro, solamente a mí mismo, y este es el engañoso camino al agotamiento. “Las víctimas ya no se distinguen de los verdugos. Esta autorreferencialidad da lugar a una libertad paradójica, que con las estructuras coercitivas inherentes a ella se torna violencia”. [1]
Y para liberarnos de ella -de la violencia- la mejor salida es la evasión, venga la fiesta y a perdernos en el caos, que por supuesto no es eterno, porque un día despertaremos para confirmar que “somos nada, pero una nada con e, esa nada se mira al espejo y se siente algo… somos un pelo en el culo…somos esa basura que ni siquiera se convirtió en bolsa… en la ciudad de Quito desaparezco y me convierto en polvo… imagíname en la tierra…soy olvido…en la galaxia somos nada… pero si allá afuera soy nada… aquí soy todo o soy la única mentira que respira, o lo que yo puedo ver…”[2]
La escalera oscura. María José Núñez, Catalina Villagómez, Camila Enríquez
Esa es la ilusión, el cansancio de vivir sin habernos encontrado; la necedad de olvido frente a la finitud desploma los peldaños de la escala de vanas ilusiones, “llenamos el mundo de cosas cuya duración y cuya validez son cada vez más efímeras…El mundo ha perdido la voz y el habla…el ruido de la comunicación ha sofocado el silencio…Este mundo de mercancía no es para habitar. Ha perdido toda referencia a lo divino, a lo sagrado, al misterio…”[3]
Ellos, ahí en la escena, confirman la consecuencia, no entendimos el regreso a lo sagrado, nos hundimos en nuestra propia miseria, peleando hasta el agotamiento en esa pérdida de humanidad. Así lo leemos en esos cuerpos que ruedan en la tierra… en la nada.
Ficha técnica
Compañía Nacional de Danza.
Obra: La escalera oscura
Dirección y coreografía: Julio César Iglesias @julio.i.u
Elenco Compañía Nacional de Danza
Darwin Alarcón
Marco Calle
Luis Cifuentes
Fernando Cruz
Camila Enríquez
Zully Guamán
Sisa Madrid
Franklin Mena
María José Núñez
Catalina Villagómez
Adrian De la Cruz
Agata Zeniskova
Nicolé Reina
José Miguel Córdova
Eliana Zambrano
Genoveva Mora Toral: Crítica e investigadora de Artes escénicas, Directora de la Revista El Apuntador
Más en: https://www.elapuntador.net/portal-escenico/genoveva-mora-toral-1?rq=GENOVEVA
[1] La sociedad del cansancio. Byun -Chul Han. P. 31
[2] Texto que pronuncia un personaje
[3] La sociedad del cansancio. Byun-Chul Han. P. 118
