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Solo, danza, sola

Solo, danza, sola

Reflexiones acerca del arte del movimiento

Ailat Zetineb

La danza contemporánea ha tenido un gran desarrollo en una vida relativamente corta de existencia, sin embargo a pesar de que hay un aumento y una amplia variedad de corrientes, estilos, estéticas, pensamientos y visiones del hecho dancístico, predomina un solo enfoque en la relación danza-música en la escena actual. Incluso en algunos casos me atrevo a decir que la danza mantiene una relación de dependencia con la música.

En las civilizaciones antiguas, según lo que conocemos acerca de los orígenes de la representación, danza y música tenían una estrecha relación, que junto con la poesía y el teatro cumplían una función de comunicación y conexión social, las obras presentadas ante el público eran naturalmente concebidas como actos multidisciplinarios. Estos vínculos entre las diferentes expresiones artísticas han estado en mayor o menor grado presentes a lo largo de su desarrollo histórico, las influencias y retroalimentaciones entre ellas ha favorecido a que se definan en la forma como conocemos las disciplinas artísticas hoy en día.

Recién a principios del siglo XX surge la danza moderna gracias a la necesidad de mostrar otra visión del ser humano, distinta al preciosismo que hasta ese momento la había caracterizado, sobre todo con el antecedente del ballet. Esta nueva danza prefiere a un ser más descarnado, en contacto con la tierra, que acepta y juega con la gravedad, (es una de las razones por la que muchos de sus métodos y técnicas se basan en el uso del piso como fuente de apoyo, contacto y propulsión para la generación de movimiento).

Mary Wigman (1886-1973), una de las precursoras de la danza moderna, hito del expresionismo alemán, sostenía que la danza es un acto independiente de la música. Es decir, que desde sus primeros pasos la danza contemporánea se concibe como un arte independiente, una “danza absoluta” que se vale por sí misma. Esta misma visión, de manera indirecta, la heredan la segunda y tercera generación de creadores dancísticos norteamericanos, ellos sustentan esta idea de independencia concentrándose en la exploración del movimiento puro, en la danza en sí misma.

En este período de definición y desarrollo de la danza es significativo el aporte que hacen el compositor John Cage (1912-1992) y el coreógrafo Merce Cunningham (1919-2009), quienes influenciaron a las generaciones posteriores, entre otras cosas por los innovadores métodos que usaron para la creación, muchas veces experimentaron una relación extrema donde música y danza son trabajadas de manera separada, sin escucharse ni verse en el proceso y solo se juntan hasta el momento mismo de la presentación ante el público.

Luego en los años 60’s surge toda una corriente de creadores dancísticos, los llamados posmodernistas, quienes prueban otras relaciones con la música, distintas a crear o interpretar movimientos que solo se limitan a describir o ilustrar la música.

Paradójicamente este movimiento usó métodos de composición musical influenciados por Robert Dunn, discípulo de John Cage. Algunas de las características de los trabajos de estos coreógrafos son el manejo del silencio, la improvisación y la estructura compositiva. Rescatamos lo que dijo Trisha Brown, una de las mayores exponentes de esta corriente, en una entrevista a propósito de su trabajo en relación con la música: "No quería ser conducida en cierta dirección por la música. Sabes: la música te hace bailar. !Eso es hacer trampa!

La relación danza-música a nivel social se entabla de manera completamente natural, es impensable bailar sin música, generalmente uno se mueve bajo su ritmo, influenciado por su carácter, dejándose llevar por la emoción que produce, etc., algo parecido sucede con las danzas folklóricas. Pero en términos de la creación dancística contemporánea la música es otro elemento que aporta al sentido de la de obra, y no necesita relegar o someter a la danza (a menos que sea un propósito conscientemente tomado), y mucho menos ser usada para llenar una carencia. La danza no necesita de la música para existir y ciertamente no pide "ser conducida en cierta dirección por la música" .

Música y danza trabajan el tiempo, pero esto no significa que el tiempo del movimiento deba estar sujeto al tiempo musical, la danza tiene su propio tiempo: el tiempo del movimiento. Cuando danza y música habitan el mismo espacio temporal inmediatamente establecen distintos tipos de diálogos y son los creadores quienes deciden cómo dirigir esa relación en función del sentido dramático de la obra coreográfica.

No es el propósito de este texto defender la pureza de la danza, ni promover un divorcio forzado entre las diferentes disciplinas artísticas, (es más, la creación escénica puede ser mucho más atractiva cuando las fronteras entre las disciplinas se desdibujan), sino abrir una reflexión acerca de la danza como expresión artística y su interrelación con las demás artes, y desde ahí, desde el reconocimiento de su existencia, de su potencial propio, poder relacionarse con las demás disciplinas y con el mundo, para entonces, si se quiere, quizás perderse, encontrarse..., desde la danza misma.

 

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