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Vestigios textuales de Arawa inauguran colección editorial de teatro

Vestigios textuales de Arawa inauguran colección editorial de teatro

Bertha Díaz

La palabra Teatro viene del griego θέατρον, que en nuestra grafía permite leerse Theátron: “lugar para contemplar”. Es ese término el que nombra a la nueva colección de Cadáver Exquisito Ediciones, sello guayaquileño dirigido por María Paulina Briones Layana.

Esta línea, orientada a la publicación de textos dramatúrgicos y de pensamiento teatral, se ubica como la cuarta de esta editorial, a la que le anteceden:  Hora cero, de cuento; Cría cuervos, de poesía; y Cajas Chinas, de novela. Inaugura Theátron un libro de Aníbal Páez (Guayaquil, 1982), que reúne textos teatrales de dos obras surgidas en el seno de su grupo Arawa, dirigido por Juan Coba, uno de los colectivos emblemáticos de la ciudad.

“Panfleto Porpulir Contemporáneo. Dramaturgia desde el puerto”, se titula el libro de 102 páginas, con un tiraje de 300 ejemplares, que fue presentado el pasado 5 de septiembre, en el marco del Festival Internacional de Artes Escénicas-Guayaquil (Fiartes-g), tras la puesta en escena de Celeste, obra cuyo texto es, con el de la pieza Soliloquio épico coral, las que conforman este volumen.

Arawa es uno de los pocos grupos de su ciudad que apuestan por dramaturgia propia. Y que entiende el acto dramatúrgico no solo como la escritura literario-dramática, sino como una práctica escritural que estalla en el espacio, que se rehace en el estado de relación entre los miembros del colectivo y desde ahí emerge. A continuación, reproduzco el texto del prólogo que tuve el placer de escribir para tal libro:

Para qué publicar textos teatrales, si el teatro es algo que acontece en el espacio físico, si su esencia está emparentada con la efemeridad, si su sentido se produce en el estado de encuentro que se suscita entre la escena y los espectadores que ansían otra realidad posible, y el texto es solo uno de los tantos elementos (incluso prescindibles) de ese hecho vivo.  

Para qué, sino para intentar salvar algo de esa fuerza del estado de encuentro, generar un vestigio de ese brillo vital, una pista de lo que fue.

Para qué, sino para cultivar un pequeño material que guarda consigo una fuerza de remoción, de exclamación, de intensificación, al tiempo que un deseo insoportable de porvenir, de volver a ser encarnado, sabiendo bien que podrá convertirse en otra cosa tan distinta al trazo de su origen y a la vez tan próxima a sí. Porque lo importante de esas palabras que los constituyen es su potencia para interpelar la vida, la de aquél o de aquellos que en ese momento en que (se) des-cubren (con) esa materia son interrogados, atacados y llevados hasta el borde de sus propias preguntas hasta desembocar en el intento-invento de un renovado lenguaje, de un acontecimiento nuevo, plagado de otras sentires, sentidos… Así como cuando Marcelo Leyton, miembro del grupo Arawa les propuso a sus compañeros montar un texto de un autor casi desconocido, un ecuatoriano, de Riobamba, que creció en Guayaquil y en la tentativa de indagar en esa obra de este hombre: Sergio Román, autoexiliado en Costa Rica, el grupo empezó a tocar su otra obra. Finalmente se zambulló en él como sujeto, pues tal como ellos, se había levantado por fuera de la norma, en un movimiento de íntima creación que no encajaba en los moldes de las teatralidades dominantes.

Sergio se convirtió para ellos, me atrevo a leer, en un agente de lo irrepresentable en esta ciudad y de lo irrepresentables que ellos mismos podrían devenir para el teatro aquí. Y fue ese diálogo con él que los devolvió a sí mismos, a ser artistas-personajes y a través de eso, una vez más, de una nueva manera: hombres de teatro, ciudadanos, escritores. Hallaron, de ese modo, una dramaturgia singular, totalmente propia, que ha sido desovillada, aterrizada en escritura por Aníbal Páez, pero en la que laten coralmente los otros miembros del grupo: Juan Coba y su hijo Juan Antonio, Marcelo Leyton, y los que otrora fueron también del colectivo, su carne, su historia.

Esa primera obra que resultó de la indagación antes mencionada es Soliloquio épico coral y es la que abre este libro. La obra no solo tiene gracia por la plasticidad juguetona de su escritura, los cambios de voces, el juego de temporalidades, entre otros matices, sino que revela su valor también en tanto  es un documento que muestra a la creación comomedio para enfrentar a la creación misma. Es decir, es una obra que se presenta como metodología de trabajo de cómo se genera el andamiaje teatral: un texto que en su despliegue muestra las interrogantes de las que están constituidos los artistas que lo provocan, lo producen. Se trata, pues, de una pieza donde los límites entre el hacer y el pensar el teatro, y el  hacerse actor, personaje, y re-hacerse como sujetos, es parte del mismo juego continuo que implica estar en la práctica escénica.

El otro texto que compone este libro es Celeste, un relato sobre la historia de una ciudad puerto, que puede ser cualquiera, pero que es contundentemente y por ello innegablemente Guayaquil. Sin embargo, no es localista, en la medida en que interpela cómo se construyen los grandes relatos. Otra vez vemos (no puedo usar otro verbo que ver, tras la potencia de la presencia de ellos en escena) a los actores haciendo de ellos mismos. Aníbal y sus dramaturgias insisten en desnudar lo que cada actor es en tanto persona, en cómo cada quien está parado ante la historia. Usa sus textos como vehículos para enredar, desenredar, hace caer al yo, desnudar las voces y hablar sin remilgos ni solemnidades.

Un juego de vulnerabilidad pulsa en el texto y curiosamente pareciese que eso los prepara a los actores a usar las caretas para erigir a próceres decadentes, a presuntos héroes que con insolencia, violencia y desprecio han configurado este territorio que caminamos. Prestan sus cuerpos y el texto también como cuerpo, para que nos riamos de ellos, para que veamos cómo estamos constituidos por absurdos. ¿Cómo soportar el horror de la Historia, sino jugando con sus personajes, travistiéndolos y ofreciendo su versión menos pomposa, a diferencia que lo hacen los textos escolares desde los que erigimos nuestros discursos cívicos? ¿ Cómo soportar la barbarie, sino ofreciendo voz a los silenciados, tal como esta obra lo hace? Una vez más, como en Soliloquio… el jugueteo mordaz está presente, el movimiento incesantede los personajes que se vuelven persona y una vez más a la inversa. Uno, delante de ambos textos/montajes, se desternilla de risa al tiempo que duda, se alumbra algo, coteja, reinventa con la propia memoria.

Publicar estas obras de Aníbal Páez-Arawa, pese a ser del 2010 y 2014 respectivamente, es importantísimo, justo en medio de una efervescencia en esta ciudad de unas formas de teatralidad que lejos están de la intención de desgarrar la vida, de ser diabólicas al enfrentar lo simbólico, como habría dicho el también dramaturgo argentino Emilio García Webhi. 

En un lugar en el que el teatro pretende ser siempre Lomismo, como se llama un personaje de Celeste,  Arawa se alza para ser lo otro, siempre lo otro. O sea, el doble de la vida (Artaud dixit). El espejo donde la vida se refleja y estalla. Y se quiebran los relatos y desde los pedazos surgen re-composiciones. Aníbal muestra, mediante estos dos trabajos, que su lugar en el teatro es el de re-escribir la historia: la propia, la de su grupo, la del contexto, la del Teatroy la de la Actuación, la de las personas que atraviesan todo esto, incluyéndose a sí mismo, a sus colegas-amigos… re-escribirla y arrojárnosla en la cara con mucho desparpajo, con alegría y también con un cierto aire melancólico. Este libro es una fiesta. Es un gesto político. Es la posibilidad de conectarse con la vitalidad del teatro en Guayaquil hoy, tan plagada de repetición y de tanta miseria.

 

 

 

Preguntas que quedaron en el aire

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