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CONVOZPROPIA. Andrea Cóndor y la terquedad de mantener viva la ópera. María Augusta Tufiño

Andrea Condor. Foto Gonzalo Guaña

CONVOZPROPIA. Andrea Cóndor y la terquedad de mantener viva la ópera. María Augusta Tufiño

Cantante, productora y gestora cultural, Andrea Cóndor reflexiona sobre los desafíos de hacer ópera en Ecuador, la fuerza de la autogestión y la convicción de que el arte sigue siendo indispensable para la sociedad.

Cada vez que se levanta el telón de una ópera en Ecuador ocurre algo extraordinario. No solo porque la música vuelve a ocupar el escenario, sino porque detrás de cada función existe una cadena de voluntades que desafía la falta de recursos, el desgaste humano y la indiferencia institucional. Andrea Cóndor conoce esa realidad desde dentro. La ha cantado, la ha producido y la ha defendido durante más de dos décadas.

Su historia no comenzó entre grandes teatros ni bajo los reflectores de una producción operística. Nació en un hogar donde la música ecuatoriana y latinoamericana formaba parte de la vida cotidiana. Luego llegaron los coros, la formación vocal y, casi sin proponérselo, el encuentro con la ópera.

No fue un amor inmediato.

De hecho, recuerda que durante mucho tiempo se resistió a convertirse en cantante lírica. Sin embargo, poco a poco fue descubriendo un universo fascinante donde convergen la música, el teatro, la literatura, el movimiento escénico y las infinitas posibilidades de la voz humana.

Lo que comenzó como una búsqueda técnica terminó transformándose en una pasión que hoy define buena parte de su vida.

El despertar de una generación

Hablar con Andrea es también recorrer una parte importante de la historia reciente de la ópera en Ecuador.

Hace apenas veinticinco años, pensar en una producción operística integrada exclusivamente por artistas ecuatorianos parecía una ilusión lejana. La reapertura de los grandes escenarios culturales de Quito marcó un antes y un después para quienes soñaban con dedicarse al canto lírico.

Aquella generación descubrió entonces un género que había permanecido prácticamente ausente de la vida cultural del país. El público comenzó a crecer, aparecieron nuevos intérpretes y surgió la esperanza de construir una escena operística propia.

“La valentía me dura pocos días; el resto del tiempo me sostiene la terquedad”. Andrea Condor

Dos décadas después, el panorama presenta una paradoja inquietante.

Ecuador cuenta hoy con cantantes preparados para asumir grandes roles internacionales, directores altamente capacitados y artistas formados dentro y fuera del país. Sin embargo, los espacios de producción se han reducido considerablemente.

Justamente cuando ya no es necesario importar voces y existe una generación preparada para afrontar grandes títulos, la oferta de producciones públicas es cada vez menor.

Frente a esa realidad, Andrea decidió apostar por la autogestión y asumir el desafío de crear oportunidades donde parecían no existir.

Andrea Condor. Foto Sebastián Narváez

La batalla invisible detrás del escenario

Para el público, una función comienza cuando se abre el telón.

Para quienes producen ópera, la historia empieza muchos meses antes.

La búsqueda de financiamiento, la organización de ensayos, la coordinación de decenas de artistas, la gestión de espacios, la difusión y la producción técnica forman parte de una tarea monumental que pocas veces se ve.

Andrea reconoce que ha tenido que aprender sobre la marcha todo aquello que normalmente asumiría un equipo completo de producción.

Andrea Condor. Foto Sebastián Narváez

La falta de recursos sigue siendo el principal obstáculo.

A ello se suman los desafíos logísticos y la necesidad permanente de convencer a públicos e instituciones de que la ópera no es un arte lejano ni elitista, sino una experiencia profundamente humana.

Las iniciativas independientes han permitido que el género continúe respirando en ciudades como Quito, Guayaquil y Cuenca. Sin embargo, detrás de cada montaje existen meses de trabajo, sacrificio y una inversión económica difícil de sostener.

Aun así, los artistas continúan.

Un país lleno de talento

Si algo queda claro durante la conversación es la profunda admiración que Andrea siente por sus colegas.

Habla de cantantes preparados para asumir papeles protagónicos, de directores musicales y escénicos con gran experiencia y de un ecosistema artístico conformado por músicos, bailarines, actores, diseñadores, vestuaristas y creativos visuales capaces de sostener producciones de alto nivel.

El talento existe.

Y existe en abundancia.

Lo que falta son oportunidades suficientes para que ese talento pueda desarrollarse plenamente y encontrar espacios de crecimiento.

Por ello insiste en la necesidad de políticas culturales sostenidas que permitan fortalecer los procesos formativos, abrir audiciones nacionales y generar escenarios donde las nuevas generaciones puedan desarrollarse profesionalmente.

La terquedad de seguir creando

Existe una palabra que atraviesa toda la conversación y que parece definir buena parte de la trayectoria de Andrea Cóndor: terquedad.

No lo dice con resignación.

Lo dice con orgullo.

Porque en un contexto donde dedicarse al arte suele percibirse como una apuesta incierta, continuar creando requiere una enorme dosis de perseverancia.

Andrea reconoce que ha pensado muchas veces en abandonar.

El desgaste humano existe.

La incertidumbre también.

Las puertas cerradas duelen.

Las dudas aparecen.

Sin embargo, siempre encuentra una razón para volver.

Un nuevo proyecto.

Una nueva idea.

Una nueva producción.

“La valentía me dura pocos días; el resto del tiempo me sostiene la terquedad.”

La frase no solo resume su experiencia personal. También refleja la realidad de muchos artistas ecuatorianos que, a pesar de las dificultades, continúan apostando por la cultura como una forma de construir comunidad, sensibilidad y esperanza.

Y quizá allí reside la esencia de quienes hacen arte en Ecuador: en la decisión cotidiana de continuar, incluso cuando todo parece indicar lo contrario.

El arte como refugio y esperanza

En una época marcada por la violencia, la polarización y la fragilidad social, Andrea defiende una idea que puede parecer sencilla, pero que resulta profundamente necesaria.

El arte importa.

Importa porque cultiva la sensibilidad.

Porque despierta la conciencia.

Porque fortalece el pensamiento crítico.

Porque recuerda que el ser humano necesita mucho más que sobrevivir.

Mientras otros destruyen, el arte construye.

Mientras otros dividen, el arte une.

Mientras otros callan, el arte sigue encontrando formas de decir lo esencial.

Para Andrea, una sociedad que apuesta por la cultura es también una sociedad que apuesta por la empatía, la reflexión y la posibilidad de imaginar un futuro distinto.

Un sueño para el futuro

Cuando habla del futuro de la ópera ecuatoriana, Andrea no menciona metas personales ni reconocimientos individuales.

Habla de permanencia.

Sueña con una escena lírica fortalecida, con políticas culturales coherentes, con mayor participación de la empresa privada y con temporadas estables que permitan al público acceder regularmente a este género.

Sueña con que la ópera deje de ser vista como un privilegio.

Sueña con que las nuevas generaciones encuentren caminos más abiertos que los que encontró la suya.

Sueña con que Ecuador ocupe el lugar que merece dentro del mapa cultural latinoamericano.

Y, sobre todo, sueña con que la ópera no desaparezca.

Porque detrás de cada función, de cada ensayo y de cada esfuerzo colectivo existe una convicción que Andrea Cóndor sostiene con firmeza: una sociedad que deja de escuchar a sus artistas corre el riesgo de perder una parte de sí misma.

Y tal vez por eso sigue cantando.

Y sigue produciendo.

Y sigue soñando.

Porque algunas formas de resistencia también se escriben sobre un escenario.

María Augusta Tufiño Valdivieso : Locutora profesional con amplia experiencia en la difusión de contenidos culturales y artísticos Apasionada por la música ecuatoriana, las tradiciones populares y las expresiones que dan vida a nuestra identidad.Su voz acompaña historias, conecta generaciones y rescata la memoria sonora del país.

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El doble Edén de MIEL.  Juan Manuel Granja

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