El doble Edén de MIEL. Juan Manuel Granja
Celebrar un aniversario en el umbral de una “despedida” puede ser una operación sospechosa, o al menos un síntoma de las mareas temporales que conforman la música independiente en el Ecuador. El dúo de pop electrónico MIEL convocó a su feligresía para conmemorar los cinco años de Edén, su álbum debut. La respuesta del público —un doble sold out en una misma jornada— demuestra que el proyecto ha logrado impactar la sensibilidad contemporánea. Sin embargo, este ritual de comunión no se presenta como una consolidación estática. Se trató de un concierto de despedida temporal ante su inminente desembarco en el festival Primavera Sound en España. MIEL parece encontrarse hoy con un pie en la arqueología de su propio nacimiento y con el otro suspendido en el deseo de internacionalizarse.
Foto _@hakanstagram.
Hay algo sintomático en el hecho de que Edén cumpla un lustro. Si restamos los años en la pizarra de la cronología, nos topamos con el terreno baldío de la pandemia, los confinamientos y la digitalización forzada de la existencia. Aquel disco quiso operar como una especie de prótesis emocional en el aislamiento; música para auriculares solitarios, una banda sonora de la claustrofobia urbana teñida de sintetizadores melancólicos y texturas que oscilaban entre el escapismo pop y la opresión atmosférica. Por ello, mirar hacia atrás para celebrar ese repertorio puede entenderse como una exhumación. El dúo se ve obligado a recontextualizar unas canciones que germinaron en el trauma colectivo de las pantallas encendidas y las calles vacías, trayéndolas ahora a un presente donde los cuerpos finalmente se aglomeran, sudan y agotan taquillas.
Esta dualidad revela la naturaleza misma de una propuesta estética inserta en un complejo relevo generacional. Mientras buena parte de la vieja guardia musical insistía en la densidad del ensamble extendido o en el purismo del formato banda, MIEL opera desde una economía del espacio que es, en sí misma, una postura conceptual. La decisión de configurarse como un binomio no responde necesariamente a la contingencia presupuestaria, sino a una herencia directa de las estructuras más nítidas y claustrofóbicas del synth-pop y la electrónica.
Hay un hilo que conecta la sobriedad operativa de Damián Segovia y Martín Flies con el minimalismo y el pulso bailable tanto ochentero (Massive Attack) como del siglo XXI (el post rock de Radiohead), a la vez que los atraviesa el influjo de las exploraciones electro de Gustavo Cerati. El formato de dúo electrónico suele ser un escenario privilegiado para el drama moderno. Operarios de máquinas que dictan las leyes del ritmo, intérpretes que arrojan su humanidad contra esa muralla de frecuencias programadas. MIEL intenta actualizar dicha tradición anglosajona desde la periferia andina.
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Como señalara Simon Reynolds al analizar las mutaciones de la electrónica pop, el uso del sintetizador y la caja de ritmos digital descoloca la noción tradicional de "lo real" en la música, reemplazando la simulación de la destreza orgánica por una fijeza que, paradójicamente, amplifica la vulnerabilidad de la voz humana. En la puesta en escena del dúo, la voz no lidera desde el pedestal del virtuosismo, sino que se hibrida con la textura del silicio, convirtiendo la expresión pop en una descarga eléctrica de cuidado diseño.
La efectividad de la propuesta escénica en este aniversario no radicó únicamente en la sofisticación del diseño digital, sino en una tensión física que desmiente la frialdad inherente a las secuencias pregrabadas. El dúo expandió su propuesta mediante un despliegue instrumental que funciona como un caballo de Troya orgánico dentro del tejido sintético. El uso de teclados ejecutados en tiempo real y, sobre todo, de una batería híbrida —que colisiona la precisión matemática de los pads electrónicos con el impacto acústico de los parches tradicionales— dota a la puesta en escena de una pegada que difícilmente se consigue en el mero play de una computadora.
Esta transmutación se vuelve evidente al desglosar la arquitectura de las canciones que componen Edén. En cortes emblemáticos como Gelatina, la instrumentación híbrida desmantela la aparente ligereza del pop industrial. Lo que en el disco se percibía como una superficie pulida, en directo se transforma en una experiencia casi táctil. Los sintetizadores adquieren una cualidad líquida, mientras la batería empuja el ritmo hacia un trance que quiere evocar el encierro del que fue concebido. La ejecución de los teclados permite que la atmósfera respire; las capas de sonido no se apilan de forma mecánica, sino que fluctúan con una delicadeza que sirve de colchón para una lírica sugestiva y minimalista.
Es en este terreno donde la presencia del bajo eléctrico, ejecutado por Martín Flies en momentos específicos del repertorio, marca un giro dramático. En la producción contemporánea, las frecuencias bajas suelen estar confinadas a la dictadura del sintetizador de bajos, una onda perfecta, gorda pero predecible. Cuando Flies empuña el instrumento de cuerda en la densa penumbra de una canción, el sonido adquiere una gravedad distinta. eEl bajo ya no solo se escucha, se siente de otra manera. Hay una vibración táctil, un sutil micro-retraso humano, una imperfección en el ataque de los dedos que otorga una corporalidad rugosa e hipnótica a la pista de baile. El bajo eléctrico aquí no desplaza a la máquina; la complementa, introduciendo una densidad analógica que sitúa las canciones de Edén en un plano mucho más físico, presente y tridimensional.
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Esta solvencia instrumental y escénica abre, inevitablemente, un debate incómodo pero necesario en la escena cultural local. Tanto Damián Segovia como Martín Flies cargan con apellidos que forman parte de la élite del rock y la vanguardia musical ecuatoriana. Son hijos de integrantes de agrupaciones emblemáticas como Sal y Mileto y La Grupa, proyectos fundamentales del tránsito de siglo que definieron la identidad sónica de la urbe a punta de distorsión y fusión telúrica. En una época obsesionada con el escrutinio de los llamados nepo babies, no faltan las voces desde el resentimiento o la sospecha periférica que pretenden reducir el éxito de MIEL a una mera consecuencia de la herencia o el capital social acumulado por sus progenitores.
Sin embargo, esa lectura resulta de una alarmante pereza crítica y un desconocimiento de las rupturas generacionales. El linaje puede abrir las puertas de un estudio o facilitar los primeros contactos, pero jamás garantiza el rigor estético. El tránsito del rock transgresor, con tintes de folklore andino y pesadez urbana de las bandas de sus padres, hacia el pop electrónico abstracto e internacionalista de MIEL implica, de hecho, una disidencia estilística antes que una repetición cómoda. Si las agrupaciones de los noventa buscaban la catarsis a través de la saturación analógica y la denuncia explícita, MIEL elige el desencanto estetizado, la alienación de la pista de baile y el escapismo melancólico como formas de resistencia frente al caos de la contemporaneidad. Sostener un proyecto de pop de vanguardia en el Ecuador exige una disciplina y un criterio que no se heredan por vía sanguínea. Lo que MIEL pone en juego sobre el escenario es una apuesta construida a pulso.
El dispositivo del concierto doble en una sola fecha funciona también como un checkpoint existencial, un umbral crítico donde se mide la resistencia material del proyecto. Tocar dos veces el mismo repertorio en cuestión de horas no es solo un desafío logístico; es una repetición industrial que juega con la ilusión de la "magia única" del directo, aproximando la experiencia del concierto a la lógica de la reproducción técnica. Mientras el público de la primera función consume la melancolía bailable de Edén, el dúo ya debe estar calculando el vaciado de la sala y la recarga de energía para el siguiente asalto. Esta fatiga planificada se sintoniza perfectamente con la inminencia de su viaje a España. El Primavera Sound no es un destino idílico, es una parte de la maquinaria del capitalismo festivalero europeo, un escaparate hipercompetitivo donde los proyectos periféricos deben validar su existencia en franjas horarias implacables y ante audiencias saturadas de estímulos.
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Por eso, este doble concierto en Quito quiso ser más que un monumento estático. MIEL no busca clausurar una etapa desde la comodidad del éxito doméstico; está ensayando sus propias posibilidades futuras. La melancolía de Edén ya no es una suite para el encierro, es como el pasaporte de un proyecto que comprende que el pop electrónico contemporáneo se define en el tránsito, en la capacidad de afectar otros cuerpos.
Al final de la jornada, cuando las luces de los sintetizadores se apagaron por segunda vez y el eco de los aplausos locales se disolvió en el frío de la noche, lo que queda no es la certeza de un aniversario redondo, sino la tensión de un grupo que, demostrando que si bien la herencia es capaz de proveer el alfabeto, ha sabido escribir un lenguaje propio, bailable y oscuro, listo para bailar sobre las cenizas de su propio confinamiento.
Sobre el dúo
MIEL es un dúo ecuatoriano liderado por los productores Damián Segovia y Martín Flies, el cual destaca por su propuesta sonora denominada “Latin Touch”, que fusiona un espectro amplio de géneros de la electrónica con las sensibilidades de la música latinoamericana contemporánea.
Su vasto universo lírico está acompañado por un diseño sonoro vanguardista y fresco, allí habitan canciones que desafían las estructuras y que deforma hipnotizante transportan al oyente a diferentes estados y sensaciones.
TRAYECTORIA ARTÍSTICA
2 álbumes + 1 EP publicados desde el 2020.
Su single QUIERO estuvo en el #18 en el TOP 50
VIRAL ECUADOR DE SPOTIFY durante 2
semanas.
Presentaciones en importantes mercados y festivales:
FESTIVAL ESTÉREO PICNIC (Colombia)
PRIMAVERA PRO (España)
SONORAMA RIVERA (España
BIME (España y Colombia)
FIMPRO (México)
CIRCULART (Colombia)
HERMOSO RUIDO (Colombia)
QUITOFEST (Ecuador)
Destacados en medios como:
RollingStone
Remezcla
Gladys Palmera
Billboard Arg
NPR (Casa del Tiny Desk)
