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El sueño de un tal Segismundo, del Teatro de los Silfos.  Francisco Bedoya

El sueño de un tal Segismundo. Belén Duque, Silvia Brito y Roberto Ramírez

El sueño de un tal Segismundo, del Teatro de los Silfos. Francisco Bedoya

Lector, esta vez no entramos al teatro como público. Nos tocó trabajar. Llegamos antes de las campanadas “que aquí no sonaron” y encontramos un escenario descubierto, con las varas de luz visibles, con ese esqueleto técnico, que casi siempre se esconde, para que la ficción parezca limpia. Pero en la propuesta del Teatro de los Silfos, dirigida por Silvia Brito, la trampa estaba justamente ahí: el teatro no quería ocultar su maquinaria. Quería invitarnos a jugar con ella.

Técnicos limpiando, acomodando, revisando el espacio. Gente de teatro haciendo lo que se hace antes de que empiece la obra: ordenar el caos, para que la ilusión pueda suceder. Pero… algo se desacomoda, aparece un libro, La vida es sueño, de Calderón de la Barca, que cae en manos de estos trabajadores de escena y, como quien encuentra una puerta secreta en medio del polvo, deciden jugar a ser actores. O quizá no deciden nada. Quizá el teatro decide por ellos.

El sueño de un tal Segismundo. Belén Duque, Silvia Brito.

Y de pronto, lector, apagón. Ya no estamos solo mirando. Estamos encerrados con Segismundo.

La maravilla de esta adaptación está en unir el gran problema filosófico que plantea Calderón ¿vivimos o soñamos?, ¿somos libres o representamos un papel escrito por otros?, con la pregunta más elemental del teatro: ¿estamos siendo o jugando a ser? Esa unión fue llevada con enorme inteligencia desde el teatro físico y objetual, como la misma obra lo nombra. El juego estaba en la forma, no en la etiqueta. El trabajo actoral sostuvo la propuesta con mucha solvencia. Se notaba la maestría de Belén Duque, Roberto Ramírez y Silvia Brito, no solo por la precisión gestual, sino por la capacidad de entrar y salir del código sin romperlo. Hacían cuerpo la duda, el encierro, la burla, la solemnidad y el juego. Se entiende por qué son referentes del teatro gestual en la capital. Y se percibía, además, esa herencia escénica bañada por el aura del Taita urbano, Guido Navarro, padre simbólico de tantos creadores actuales: un teatro donde el cuerpo piensa.

El sueño de un tal Segismundo. Belén Duque, Silvia Brito y Roberto Ramírez

Uno de los grandes aciertos fue respetar los monólogos. Qué placer, lector, escuchar esos textos cuando el español es nuestra primera lengua. La obra no traicionó a Calderón, intentando volverlo “fácil”, más bien,  lo compactó y lo sostuvo desde otra fisicalidad. Esa decisión importa, porque el teatro para niñas, niños y jóvenes no debería partir de la subestimación. La Asociación Internacional de Teatro para la Infancia y la Juventud, defiende estas artes escénicas como un derecho artístico, cultural y educativo, no como una versión menor del teatro “serio”. En esa línea, la obra entendió que la infancia también puede enfrentarse a preguntas grandes, a través de abrir caminos sensibles para habitarlas y los recursos adecuados. La magnitud de La vida es sueño pesa. Y aunque la adaptación logró momentos poderosos, pudo ser más breve considerando el público al que parecía dirigirse. La infancia no pide pobreza de contenido, pero sí precisión en el ritmo, en la duración y en el modo de sostener la atención. Isabel Tejerina, investigadora de teatro e infancias, al pensar el teatro y los niños, desde sus dimensiones psicopedagógicas, insiste en mirar la relación entre expresión dramática, desarrollo y recepción infantil, es decir, no basta con “hacer teatro para niños”: hay que estudiar cómo ese público percibe, juega y construye sentido.

El sueño de un tal Segismundo. Roberto Ramírez

En algunos pasajes, la obra parecía más enamorada de sí misma que atenta a la respiración concreta de sus espectadores más pequeños. La orquesta fue una propuesta hermosa. La música sonaba impecable, pero a ratos nos dejaba con ganas de más, como si su presencia prometiera un diálogo mayor con la escena y luego se quedara en silencio. Algo parecido sucedió con las proyecciones: ambientaban, sugerían, o tal vez simplemente justificaban algo, pero la obra funcionaba incluso sin ellas.

Pero volvamos a nuestro encierro, lector. Nosotros seguimos aquí. Entre cables, escobas, telones y varas de luz, viendo cómo esos técnicos se convertían en reyes, padres, soldados, carceleros, hijos, sombras. Al final, ya no éramos técnicos invitados al secreto, sino espectadores escondidos entre telones, mirando cómo otros actuaban la obra que también quisimos jugar.

Entonces, lector, no lo niego: nos dio un poco de celos. Y quizá ahí queda la belleza mayor de esta propuesta: recordarnos que el teatro es una duda compartida. Una maquinaria visible que, aun mostrándonos sus trucos, todavía puede encerrarnos con Segismundo y hacernos preguntar, como si fuera la primera vez, si lo estamos viviendo, soñando o simplemente actuando demasiado bien lo que creemos ser.

Ficha técnica

Teatro México
Fiesta Escénica 10años
Obra: El sueño de un tal Segismundo
Teatro de los Silfos
Obra ganadora de la Residencia de Creación Escénica 2025 de la Fundación Teatro Nacional Sucre y seleccionada en los Fondos Concursables para la Producción Escénica 2025.

Compañía: Teatro de los Silfos o.
Dirección: Silvia Brito
Elenco: Belén Duque, Silvia Brito y Roberto Ramírez
Dirección de actores: Guido Navarro
Vestuario: Ana Cobagango
Escenografía: Francisco Dueñas / Roberto Ramírez
Títeres y objetos: Xiomara Landín
Audiovisuales y mapping: Adrián Aguilar
Composición y Direccion musical : Darcila Aguirre
Música en vivo: Grupo de cámara de Banda Sinfónica Metropolitana de Quito

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