Fiesta Escénica: Baco Polaco o la gran orgía gaucha Santiago Ribadeneira Aguirre
I
La Pampa de los años treinta, una subregión geográfica y económica con sus particularidades y contradicciones culturales, que se refiere al residuo presumible de la propiedad privada, el nomadismo, la muerte y la violencia, es el escenario pleno para el ensayo enrevesado de un espectáculo carnavalesco llamado Baco Polaco de Mauricio Kartun, con el que se cerró la Fiesta Escénica del Teatro Nacional Sucre. Para retornar con fuerza por la vía de la fiesta, a la inusitada ficción originaria, a las identificaciones superpuestas de la gran ‘tragedia argentina’ de la identidad nacional inconclusa.
En ese rango de ficcionalidad se establece el trasplante que Kartun convierte en un pastiche a Las bacantes de Eurípides, a través de las mezclas, reinterpretaciones, descoloraciones esperpénticas, fiduciarias de una imaginería experimental del paisaje rural y de un descompuesto tránsito histórico que no se puede certificar. No hay escenarios predispuestos a acoger esa ficcionalidad, sino prefacios entrecortados, introducciones de un nuevo sentido para que los personajes establezcan las tesituras de la mascarada de los cuerpos y las voces sin resonancia.
Baco Polaco
Los hilos de la leyenda se quiebran. O se transforman en desacertadas descripciones de los ritos, como el de Baco, de la mitología romana, Dios del vino y del desvarío; las mujeres que fraguan el negocio del dispendio con los ritos de Dionisio; el enfrentamiento feroz entre el rey de Tebas y el rey de la fiesta y el teatro que establece una síntesis ambulante, necesaria entre el placer que libera y la locura que subvierte transcritas a través del lunfardo y la música orillera.
Baco Polaco. Foto Ana Lucía Zapata FTNS
Desde la pampa caldeada emerge la reina Esther, hija de una prostituta polaca, responsable de accionar la vitrola y poner en el plato los ocho pesados y frágiles discos de goma y laca. Al lado de esta ‘virgen vitrolera’ está Sarita, su hermana; completan el cuadro de arengueros Silenio, el empresario ebrio que anticipa la bacanal o la orgía gaucha; Penteo, el heredero sin tierras propias, autoritario y mordaz, cuya madre Ágave quiere apremiar su prolongada sequía sexual. El culto bacante arrasa con todo desbordado por el ritmo perpetuo, divino del lenguaje, en ocasiones deliberadamente distorsionado y la euforia colectiva de los viajantes que expulsan del recinto de la evocación la mera existencia de las palabras como estricto retumbo de la escritura.
II
Los fantasmas de la conciencia colectiva le asignaron un rol previsto y determinado al mensaje (es decir, a la forma en que se afecta la conciencia) que alguien pretende difundir. En la obra Baco polaco de Kartun, el mensaje es el personaje que se encarna, se acomoda, hace diabluras y se diluye. El ‘poder del mensaje’ tiene la particularidad de crear ‘receptores’.
Baco Polaco. Foto Ana Lucía Zapata FTNS
Los receptores (el público) se hacen para cumplir un rol específico del cual no pueden prescindir: devolverle al emisor ese mismo mensaje, transformado. O, en otro sentido, el receptor puede prescindir de cualquier signo de reciprocidad. Entonces acude a una regla precisa e indefinida: aplaudir. Los aplausos son maneras de evasión y de consentimiento, de cortesía. Es, aparentemente, una suerte de aliento vital, que sobrevive al cuerpo del cual se desprende. Está invocando, además, alguna restricción utilitaria, la liviandad, la de Homero, que representa el pneuma de signo amable (y transitorio) que se instala en la puerta de acceso al Hades.
Baco Polaco.
El mensaje es la hybris, como exceso que insufla una escritura de la soberbia compensada por la recepción: los fantasmas corporeizados de Baco polaco refiriéndose a la misma representación, una y otra vez, negando las fuentes originarias del propio mensaje. Es lo sugestivo y atrayente de la propuesta de Kartun. ¿Dónde se originan los mensajes? ¿Quién o quiénes manifiestan esa psyche, que es tan propia como ajena al cuerpo? Son las apariencias del espanto (Grüner) y de las relaciones que viajan y se mueven, cuando el mensaje puede estallar (dejarse ver) en el terreno de cualquier contingencia.
Baco Polaco. Foto Ana Lucía Zapata FTNS
Los fantasmas transmiten la sensación de que lo fantasmático puede descomponerse en el halo de lo promiscuo, lo mezclado: la prostituta y su código de comportamiento; Tiresias, que se ve obligado a mirarse a sí mismo para convertir el mensaje en una clarividencia mayúscula, que es la ventaja de la maldición y de la amenaza espectral determinada por los ‘designios del destino’.
Porque el mensaje solo puede crecer (darse a ver) en el orden de lo simbólico, de una polis en trance de existencia. Los espectros de los receptores dialogan ex/profeso, con los espectros de los personajes (es una verdadera locura lo que hacen los actores y actrices que actúan, no para convencer sino para devolverles a los personajes el fundamento de su trascendencia). El texto (la intervención de un orden restaurado por el pretexto dramático o de la escritura trágica) encierra el subterfugio igualador del supuesto mensaje, su intencionalidad abstracta y la perspectiva de una construcción de intercambios de relatos expuestos por los personajes.
Baco Polaco
El mensaje desaparece o se anula recurriendo a crónicas (vivencias) entrecortadas, que los personajes ficcionalizan. Los espectros crecen en el interior de cada uno, más allá de la duda y la confusión, los elementos destacados de la tragedia.
Baco Polaco.
La troupé de comediantes ha cuestionado la exuberante totalidad de la tragedia y crean el nuevo enunciado de una reivindicación instituyente, en la que el cuerpo termina coincidiendo con la imagen que lo niega. Así se desprenden del cuerpo y de la efigie que suplanta o sustituye la memoria. La palabra-acto alcanza la práctica performativa de un pre/texto para lo confesional y los arrullos. El mensaje que los personajes de Baco polaco ensayan, es la posibilidad carnavalesca del retorno al caos, en un país que quiere desprenderse de los relatos confesionales y las reparaciones de las culpas.
Baco Polaco. Foto Ana Lucía Zapata FTNS
En suma, no hay mensaje. Y, por fin, este magnífico espectáculo de Baco solo se cierra (en el marco de una suspensión temporal) poniendo el dedo en la llaga de las abismales retrospectivas, de los horribles yoes exclamatorios y las últimas avalanchas autobiográficas (o de autoficción) que pasan a ser las experiencias de un autoexamen para expresar, sin desparpajos, las totalitarias ‘historias de vida’ como la platónica complacencia entre el mensaje y el mensajero.
Ficha técnica
Autoría y dirección: Mauricio Kartun
Actúan: Soledad Bautista, Luciana Dulitzky, Aníbal Gulluni, Jose Mehrez, Nahuel Monasterio, Paloma Zaremba
Luthier: José Mehrez
Diseño de escenografía: Rodrigo González Garillo
Diseño sonoro: Aníbal Gulluni, Jose Mehrez
Diseño De Iluminación: Agnese Lozupone
Asistencia de escenografía: Julia Seras Rodríguez
Asistencia de vestuario: Julia Seras Rodríguez
Asistencia de dirección: Bárbara Sánchez
Coordinación Talleres De Vestuario: Laura Parody
Coordinación De Talleres De Escenografía: Guadalupe Borrajo
Coordinación De Producción Artística: Lucia Hourest, Federico Lucini Monti
Coordinación De Producción Técnica: Magdalena Berretta Miguez
Diseño de movimientos: Juan Branca
Coordinación técnica: Fabián Barbosa, Guido Napolitano, Agustín Rodríguez
Santiago Ribadeira: Docente universitario. Actor, crítico de artes escénicas
