(Fiesta Escénica) Crónicas teatrales 15. Trixie la viajera. Francisco Bedoya
Lector, algo se chocó en medio de la sala, curioseemos. Hay alguien herida, hay muchos niños y parece una nave. Expertos, por supuesto, en cosas, cositas y , nadie nos preguntó si sabíamos reparar motores espaciales. Trixie necesitaba ayuda y el público, sobre todo los niños, aceptaron el trabajo con una rapidez envidiable.
La obra, a cargo del Colectivo BerVal, con Bernarda Salas en la actuación y Valeria Riofrío en la dirección, tuvo uno de sus mayores aciertos al entender que el teatro para infancias no empieza cuando el adulto explica, sino cuando el niño entra al juego. La actriz tenía al público en la mano, pero no desde la imposición, sino desde una escucha viva. Esa fue, quizá, la mayor inteligencia de la puesta: los niños no eran decoración sonora ni público “tierno”; eran parte real de la maquinaria. ¡Todos como mecánicos intergalácticos!
Trixie la viajera. Bernarda Salas Polo
Trixie se estrella porque el gallipavo la hace chocar. Los guaguas diablos roban piezas de la nave. El espanto aparece como una normalidad posible, pero no para quedarse ahí, sino para ser transformado. ¿Qué son las pesadillas para un niño, lector? ¿Qué son para usted? No son conceptos abstractos. El símbolo funciona tan bien en esta propuesta que permite mostrar sin explicar de más. Piaget, cuando piensa e el juego simbólico, nos recuerda que el niño asimila la realidad a través del “como si”. Aquí, la pesadilla no necesitaba diagnóstico: podía ser guagua diablo, pieza robada, nave dañada, ruido extraño, sombra en la pared. El uso de sombras en los niños diablos fue preciso. Concentraba la atención en un punto y lograba que el público quedara atrapado sin necesidad de nada más. Esa es una diferencia enorme. La escena no perseguía la atención infantil; la convocaba.
La obra mezclaba técnicas con mucha libertad: narración oral, actuación, sombras, objetos, proyección, música, efectos sonoros, participación directa, canción, juego pedagógico, humor. Pero no se sentía como una acumulación caprichosa. La dirección parecía partir siempre de la necesidad interna de la historia. La proyección, no estaba para decorar. Era parte del viaje, de la nave, del universo, de aquello que Trixie recordaba o imaginaba. Daniel Ariza Gómez, catedrático e investigador de la Universidad de Caldas, ha pensado en cómo lo audiovisual puede expandir la escenografía teatral, no solo como fondo, sino como generador de atmósferas y espacios. En esta obra, esa idea se entendía con claridad.
Trixie la viajera. Bernarda Salas Polo
Y qué maravilla cuando la línea entre escenografía y utilería empezaba a borrarse. Nada era exactamente lo que parecía. Un chasis podía hacerse libro. Un gallo podía revelarse como gallipavo. Una pieza perdida podía ser el inicio de una historia. Una nave podía ser casa, infancia, familia, deseo de viaje. Esa mutación constante sostuvo el asombro del público. Hubo un “wow” que no necesitó crítica, salió de los niños-público como prueba inmediata de que la escena había abierto una puerta. Luego siguieron unos cuantos “wow” inexistentes en las otras obras para infancias en este festival y vistas por este espectador seudometiche que simplemente habla desde su ignorancia. El público gritaba, opinaba, proponía. La energía estaba al tope. Uno sentía que la obra no podía existir igual sin ellos. Y ese es un triunfo escénico: cuando la participación no es adorno, sino condición de existencia. Enseñar desde la urgencia del juego. Hay que arreglar la nave. Hay que encontrar piezas. Hay que espantar pesadillas. Hay que viajar.
Trixie cuenta historias. La narración oral no aparece como relato fijo, sino como materia modificable. El cuento se abre, se contamina con las voces del público, se vuelve una herramienta colectiva para profundizar en la obra. Trixie recuerda a su familia. Le faltan alas, sí, pero también le sobra deseo. “Quiero ser una viajera”, parece decirnos desde cada intento fallido. Y ahí el viaje deja de ser espacial para volverse íntimo. ¿Qué hago con mis emociones? ¿Qué hago cuando quiero llorar, gritar, rendirme o llamar a mi mamá? La respuesta no llega como moraleja, sino como acción: inhala y exhala. “El gatito me dijo que respire”, y entonces todo el público respira. ¡Qué momento!. Niños y adultos respirando juntos, como si por un instante el teatro dejara de ser espectáculo y se volviera una pequeña técnica de supervivencia.
La canción final terminó de unir al público: “Enfrenta tus miedos, no debes de temer…”. La mejor forma de llegarnos, lector, fue hacernos cantar, repetir y cantar, un karaoke como cierre, para nada decorativo; fue la forma colectiva de sellar el viaje. Todos listos. Todos ayudando. Todos dentro de la nave.
Santiago Vergara, Elizabeth Valeria, Bernarda Salas Polo, Gabriel Constante
BerVal construyó una obra donde la participación infantil no se tolera: se necesita. Donde la multimedia no adorna: cuenta. Donde el miedo no se niega: se canta, se respira y se transforma. Al final, Trixie arregla, sola, lo que nosotros no pudimos. Nos queda aceptar el despido con dignidad de mecánicos intergalácticos fracasados. Tal vez no sabíamos tanto de cosiolos. Tal vez solo estábamos ahí para ayudar a encender otra cosa: nuestra atención, risa, asombro y juego.
Ficha Artística
Centro Cultural Mama Cuchara
Fiesta Escénica 10 años
Colectivo artístico teatral independiente BerVal
Obra: Trixie, la viajera
Colectivo Escénico BerVal
Trixie, La Viajera.
Dirección: Elizabeth Valeria
Actriz: Bernarda Salas Polo
Animación: Gabriel Constante
Sonido: Solange Cuvi - Runa Studio
Iluminación: Santiago Vergara
Dramaturgia, música y escenografía: Colectivo Escénico BerVal
Fotos Archivo Revista El Apuntador.
Junio 2026
